Florece industria de Centros de Detención de Inmigrantes en Estados Unidos

“Imagina cómo se siente uno allí, encerrado, todo el día sin tomar ire, sin… ver la luz, porque es una caverna allí, allí adentro enloqueces, sin poder ver a mi fmialia, sólo escucharlos por teléfono y poder decir ‘bueno, adiós’, porque las llamadas son caras”. Así es cómo Alejandro, un buscador de asilo de Cuba, describió su tiempo en un Centro de Detención Forzada (ICE, por sus siglas en inglés, equivalente al hielo).

Su relato es uno entre muchos captados en grabaciones de audio como parte de un proyecto que muestra el sistema de Detención de Inmigrantes estadounidense, el más grande del mundo, y uno de los pocos sectores que ha obtenido dinero con la pandemia, gracias a las políticas trumpistas.

El artista David Taylor usó drones para tomar fotos y videos de los 28 ICEs privados en la frontera sur, California, Arizona y Texas. El dice: “Hemos jodido las vidas de estas personas y sus familias”.

Mientras relatos de abuso y explotación adentro de los galpones aparecen en los medios, los centros de detención están usualmente aislados, en áreas poco pobladas, de difícil acceso a los periodistas. Taylor publicó una nueva colección de imágenes, tomadas cerca de las áreas perimetrales de los centros, dando una rara mirada de cómo ocupan el paisaje. “Lo que quise mostrar con las imágenes es que se trata literalmente de una industria con mucho poder, que ocupa una parte importante de nuestro territorio, y sólo muestro una fracción. Para mí es un logro. Es shoqueante ver cómo ha cambiado Estados Unidos” –aseveró el fotógrafo dronero, profesor de arte en la Universidad de Arizona.

Dentro de poco Taylor armará una exhibición incorporando las historias de la gente atrapada en el sistema. Sus audios fueron recogidos por su equipo –del que forma parte el escritor Francisco Cantú- y un par de abogados que asisten a los migrantes detenidos en Arizona..

El proyecto –que se presentará en una galería, también incluye datos de los costos, beneficios e ingresos de las empresas involucradas. Al final de la era Obama, el Departamenteo de Justicia suspendió la participación de corporaciones privadas en la gestión de cárceles, pero Trump revirtió la política. Entre 2015 y 2018, cuando su administración comenzó a perseguir inmigrantes, la cantidad de detenidos aumentó un 50%, y las empresas disfrutaron de millonarios contratos. Ya en los últimos años de la era Trump, la pandemia de Covid-19 vino a agravar la situación de los detenidos.

A continuación se exponen algunos fragmentos de entrevistas a detenidos en centros de Core Civic, quienes respondieron con seudónimos al tener sus pedidos de asilo pendientes. Cabe aclarar que la empresa niega acusaciones de maltrato y dicen que sus cárceles son saludables y seguras.

Apenas arrancó el Covid Alonso organizó huelgas y protestas por las condiciones que exponían a la enfermedad a internos y guardias por igual. El rehusó hacerse un test aún sintiéndose mal. Un mes más tarde, lo llevaron al hospital porque no podía respirar y su piel ennegrecía. “La verdad es que necesitas estar moribundo para que hagan algo contigo, pero lo que hacen es bajo, vil. No tienen el menor interés en nuestras vidas”.

En una sala de emergencia un médico le dijo a Alonso que tenía coágulos en la sangre y que probablemente tenía cáncer porque habían encontrado tumores en sus pulmones y riñones.

“Cuando me dieron la noticia me dijeron que tenían que devolverme al correccional La Palma y me pusieron en una celda. Pasé un día y medio encerrado sin poder salir de allí. En todo el día me dieron media hora para bañarme y contarle a mi familia lo que me está pasando, para encerrarme de nuevo. Durante el tiempo en que estuve allí había mucha gente. Nos levantamos para ser bien tratados, había compañeros que colapsaron adentro, gente con convulsiones. Las enfermeras que nos visitaron dijeron ‘No tienen nada, es una simple gripa, no pasa nada”.

Alonso dice haber presenciado varios intentos de suicidio. Dijo que encontró fuerza en su deseo de ver nuevamente a su hija y su creencia en Dios. “Siempre tengo algo en mente y en el corazón, sé que Dios no me salvó en México para venir a morir en una celda olvidada. Sé en mi interior que no voy a morir allí”.

También dijo que las huelgas aumentaron cuando empeoraron las condiciones. “Un día nos organizamos y hablamos. ‘¿Sabes qué, hermano? No hay cubanos aquí, no hay mexicanos, no hay indios, no hay venezolanos, no hay nicaragüenses, no hay nada. Aquí estamos todos juntos. Porque todos nos infectamos, todos nos estamos muriendo. Esta es una lucha por nuestra existencia, no por una residencia, no por una palabra, no por pagar una multa, estamos luchando para salir vivos de aquí”.

Alejandro se acercó a un puesto de frontera en búsqueda de asilo luego de esperar tres meses en México, buscando refugio por considerarse un perseguido político. En la frontera, su esposa embarazada pudo quedarse con un pariente en Estados Unidos pero él fue detenido. Durante tres meses, le dijeron que era positivo de Covid-19, pero él era escéptico porque no tenía síntomas y es asmático. Lo pusieron en confinamiento solitario, luego lo trasladaron a una cárcel civil, donde las condiciones son mucho peores. Lo más doloroso de todo fue perderse el nacimiento de su hijo.

“Imagina, me rompió el corazón, apenas puedo hablar. Cada vez que hablo con mi esposa o escucho a mi hijo, se me forma un nudo en la garganta que no puedo tragar. Es algo que no te deja tragar, que te comprime el pecho de tanto sufrimiento, de tanto dolor. Si eres padre sabes lo que te estoy diciendo. Las palabras no salen de tanto sufrimiento… Digo unas pocas palabras y lloro. Ella apenas puede hablar. A veces prefiero no llamarla, para no sentirme tan mal”.

Alejandro cuenta que llora todos los días y que una psicóloga le dio una cita veloz de cinco minutos. Ella preguntó: ‘Hola, sé que has tneido un niño, cómo te sientes”. Yo le dije que mal, ¿de qué otro modo me podía sentir? Ella dijo que necesitaba leer, relajarme, sólo eso. Tonterías, algo rápido. Me dijeron que tengo Covid y no me dieron ningún tratamiento, sólo agua. Me dijeron ‘toma mucha agua’.

Ryan Gustin, CEO de CoreCivic, negó las acusaciones de Alejandro y Alonso. “Respondimos apropiadamente a una situación sin precedentes, mantenemos cuidados y seguros a quienes nos confiaron y a nuestras comunidades. No hemos hecho recortes en infraestructura y personal, ni en capacitación, que en algunos casos excede los estándares de nuestros socios del gobierno”.

La empresa aduce que a todos los detenidos se les suministraron barbijos y se los testearon. Implementaron procedimientos de cohortes, que buscan prevenir que se expanda el contagio sin afectar privilegios y actividades. También niega los intentos de suicidio, y que de haber ocurrido lo hubiesen reportado al gobierno.

Mary fue detenida en México, cuando arribó desde su Uganda natal. Fue liberada para luego buscar asilo en Estados Unidos, donde ha estado detenida por medio año. Para ella las condiciones de detención en México y Estados Unidos son similares, salvo que en México son más permisivos con los familiares.

El aislamiento que experimenta Mary en Estados Unidos es intenso. No habla con sus hijos en Africa porque no puede afrontar los costos de las llamadas, y por suerte tiene un voluntario que le permite intercambiar mensajes con ellos. Además, al no hablar español se le dificultó hacer relaciones con sus pares, que son mayormente hispanos.

“Hay cameruneses pero todos suelen estar tristes, nadie está habituado a hablar. Por eso estamos tristes todos el timpo, no puedes comunicarte, no puedes bromear”. Ella, como tantos otros, revela que varios compañeros prefieren ser deportados en vez de esperar en centros de detención.

“Un día pensé que si el juez me niega la residencia, le diré ‘Déjeme volver a casa y enfrentar mi muerte, porque nunca quise quedar detendia aquí. He estado pensando en ello pero aún no me decido porque también tengo miedo de regresar”. Es horrible, nunca pensé que Estados Unidos iba a ser semejante mierda”.

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