El legatario

Un buen hombre vivía en la bonita San Francisco, y escribió un testamento, porque él no se sentía bien. El dijo: ‘Es adecuado, cuando se hace un regalo, estimular la virtud reconfortando el ahorro’.
Entonces él dejó toda su propiedad, legal y directa, ‘al bribón más maldito de todo el estado’. Pero rehusó insertar el nombre, porque dijo: ‘Que cada hombre se considere legatario’.

En el debido curso de tiempo aquel filántropo murió, y todo San Francisco, y Oakland al lado, excepto sólo los abogados, vino a hacer su reclamo, prefiriendo los abogados manejar el mismo. Los casos fueron intentados en el departamento Trece, presidido por el juez Murphy, tranquilo y sereno, pero no podía especificar bien, legal y directamente, al bribón más maldito en todo el estado. Y entonces él les remarcó, pequeños y grandes, a los reclamantes: ‘¡Están omitidos!’ y a los abogados: ‘¡Ustedes comprendan!’ Ellos tambalearon, tumultuosos, afuera de su corte, y lo dejaron victorioso, manteniendo el fuerte. Fue entonces que él dijo: ‘Es claro a mi mente que esta propiedad no tiene dueño, ¿cómo puedo encontrar al bribón más maldito en todo el estado?’ Entonces la tomó él, lo que era legal y directo.

 

traducción: Hugo Müller

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