El amo juega al esclavo

Mientras comienza la búsqueda y ¿juzgamiento? de los fanáticos trumpistas y se espera la definitiva transición de gobierno, lo que seguramente trascenderá del episodio es la semiótica de la protesta en cuestión. Porque convengamos, no fue un golpe de Estado, ni un autogolpe siquiera. Fue la presentación nacional de esta nueva etapa de ejercicio conservador (del poder). La que se viene cocinando en la globalización posmoderna. Similar a las actuales modas culturales, se trata de una política que hace un remix con lo peor de anteriores estilos. Así se explican los incoherentes discursos y debates que presentan, recurriendo a conceptos como guerra fría o más bien el “reaganismo con alzheimer”, donde se combina una suerte de pensamiento mágico, paranoia y fanatismo religioso del medioevo.  Como si fuera un perverso juego de tablero hay que retroceder varios casilleros discutiendo nuevamente cosas básicas: salud y educación pública, aborto, la legalización del cannabis, meritocracia, privatizaciones, etc.  Pero si el telón de fondo es la lucha de clases, donde los privilegiados no ceden ni razón ni poder, lo interesante del momento es que existen tensiones y conflictos que atraviesan lo específicamente económico y tocan cuestiones universales como salir de la pandemia o el problema medioambiental.

En este contexto, la jugada de la derecha trumpista es algo más que una violenta protesta, porque cualquier efecto que produzca, de una u otra manera los instala como protagonistas de una suerte de política que parece no poder dar respuesta a ninguna facción. Si lo analizamos desde la perspectiva del universo “demócrata”, que va desde la militarista Clinton, el conservador, pero piadoso Biden y el progresista Sanders (liderando a una nueva generación), todos ellos reciben una clara advertencia o mojada de oreja: no van a gobernar solos, de hecho, les dicen: con poco esfuerzo pueden no gobernar o hacerlo sobre una pira de cadáveres. Si a la derecha le causa escozor Biden, imagínense lo que harían si Sanders hubiese sido el candidato: guerra civil.  No se trata de un mensaje novedoso hacia los demócratas: en  mayo de 2020 (plena pandemia) un grupo de fanáticos armados ingresó al capitolio del Estado de Michigan, protestando por las medidas de emergencia esgrimidas por la gobernadora demócrata.

En ese momento la censura y aberración por semejante delito contra la democracia no fue mediáticamente condenado, nadie se rasgó las vestiduras y poco tiempo después distintos policías del país continuaron naturalizando la legitimidad de que afrodescendientes desarmados e incluso en estado de vulnerabilidad, sean asesinados. La maquinaria represiva de los Estados americanos tiene algo que los uniforma: una violenta y desmedida respuesta a cualquier conflicto social. No en vano gastan en el fenómeno de seguridad (armas, bases y otros chiches) más presupuesto anual que todo lo que gastan China y Rusia juntas. Los líderes de la securitización de la vida no pueden evitar, sino más bien alentar, que esa gestión de la violencia como organizadora de la geopolítica global, traslade ese concepto de defensa militar al interior del país. Así, donde hay un problema social: exclusión, violencia doméstica, adicciones, etc. la policía no se prepara como trabajadores sociales sino como militares combatiendo a un “enemigo” en guerra. Está muy bien si sos un fanático de Hollywood que disfruta con el sadismo disfrazado de “justicia”. Pero el problema es que no sólo no combate efectivamente ni delincuencia ni conflictos, sino que los tensa a niveles muy peligrosos. Durante el 2020 el país se fue pareciendo más a una distopía pesimista y freak. No olvidemos que el hombre naranja que sugirió ingerir lavandina es el presidente que tendrá hasta dentro de una semana probablemente un maletín con acceso a armas de destrucción masiva. No quisiera ser demócrata en este instante, porque tu enemigo es capaz de destruir antes de ceder.

Desde la perspectiva del partido republicano está ciertamente en una encrucijada, porque son de los que saltan a los botes para salvar su propia “legitimidad”, pero aún no saben si es el timing correcto. Son concientes de que neutralizar electoralmente a Trump con un impeachment, puede significarles un divorcio con una base electoral derechosa que es muy necesaria. Tengamos en cuenta que lo más “popular” que puede ser la derecha es con líderes/personajes como Trump. Los que marcan agenda, los que saben utilizar los mass media aunque sus discursos sean irracionales o directamente mentirosos. Los amos que juegan a ser exclavos. Los que ganan cuando hablan y también cuando los censuran. Los que ya tienen incluso sus mártires como la ex militar muerta dentro del Capitolio. Lo que los hace peligrosamente populares a estos fascistas es que su identidad ideológica es incompatible con cualquier expectativa política democrática. Pero como la democracia, y la política en general, ha sido generosamente vilipendiada, bastardeada y demonizada, ya no sirve como criterio de legitimación. Antes se reconocía a la democracia como el “menos malo” de los sistemas. Ahora sabemos que lo dijo un conservador inglés, representante de un colonialismo que supo aupar a regímenes tan poco democráticos como el sudafricano del apartheid o el saudí. También en otras épocas la frase “dentro de la ley todo” tenía un solo significado, hoy incluye el lawfare y la fantochada estadounidense de democracia indirecta. Aún en el escenario más racional, si Trump y/o sus seguidores son “perseguidos penalmente” por sus acciones sediciosas, nos preguntamos si van a tener la misma experiencia punitiva que los miles de encarcelados de minorías.

 

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