De los minutos

Cuando, con la fuerza de un carnero que descarga su pesado cuerpo, directo en la elevación trasera del desafortunado sacrificador de simples, los pies del hercúleo Kilgore, ¡estadista de sobrenombre sugestivo de carnicería inefable!, iluminado como un prodigioso misil sobre la puerta del Congreso con un impulso poderoso y monstruoso, causando aquella vana barrera inefectiva para la libertad política, para volar desde sus bisagras, borrando la excrecencia nasal de Dingley, aquel desafortunado, decentemente velando la ruina con pañuelo preparado, lamentó la pérdida de su eminencia, tristemente con sollozos como sigue: ‘Ah, ¿por qué siempre fui elegido a los salones legislativos, tan pronto para ser mostrada la puerta con énfasis impiadoso? Verdaderamente, me recliné sobre una caña rota, y lo mismo me fue devuelto con mezquindad. ¿Dónde está ahora mi prominente, antiguamente en el conspicuo consejo, patente?

Compañeros, nunca entendí antes lo que ahora veo claramente, al ingenio, ¡que la Democracia tiende a equilibrar todas las distinciones humanas! Su destino tan incierto y triste, estadista del pino, lamentándose, se paró en el corredor allí mientras los demócratas eran liberados del confinamiento, vinieron en tropel desde la cámara, desuniendo todo, mientras pasaban a su lado, incluso dolorosos sentimientos hilarantes para observar, y destacar: ‘Oh, amigo y colega del micrófono, ¿qué aflige a la desdichada probóscide?’

 

traducción: Hugo Müller

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