Carlos y Pedro

Antes de que la nota de Gabriel muriera en el silencio todas las tumbas de los hombres estaban abiertas. Entonces Charles A. Dana, de ‘The Sun’, se levantó lentamente desde la más profunda.

‘El muerto en Cristo se levanta primero, está escrito’, citó él, ‘¡sí, lo soy!’ (su lápida, al pie de la tumba, contaba despacio, era lo que era: golpear a Nick era el sutil arte, era parte de su parte inmortal.)

Entonces tomó su vuelo directo al Cielo, arribando a las puertas de la luz. Entonces el guardian Pedro, en las angustias del sueño, yacía rugiendo por la nariz. ‘¡Levántate, tú, haragán!’ gritó Dana, ‘tengo un compromiso aquí adentro’. El santo se levantó y se rascó la cabeza. ‘Reconozco tu rostro’ dijo él. ‘(Y perdóname, es bastante duro) pero’, Dana le extendió una tarjeta.
‘Ah, sí, ahora recuerdo, bendita mi alma, qué tonto soy, sí, sí, no tenemos nada mejor aquí que felicidad. Entra. Pero debo decirte esto: Nosotros descansamos y nos acomodamos, aunque, y paz’. ‘Hm, sí, chapucerías’ dijo Dana, ‘para gansos’.

¿Tienes en el Cielo, no en el Infierno?’ ‘Porque, no’, dijo Pedro, ‘no, en verdad, está debajo. No está incluido en nuestro esquema, es sólo el sueño ocioso de un predicador’.

El gran hombre se movió hacia afuera lentamente. ‘Llamaré otro día’ dijo.
‘En la tierra lo jugué, una y otra vez, y el Cielo sin él era un aburrimiento’.

‘¡Oh, materia! Entra. Harás un infierno allí donde tus pies se establezcan’ dijo Pedro.

1885.

 

traducción: Hugo Müller

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