Beecher

Así, Beecher está muerto. La suya fue una gran alma también, grande como lo es un órgano gigante, cuyas cañas mantienen en ellas todas las almas de todos los credos que el hombre siempre ha enseñado y conocido.

Cuando sobre este poderoso instrumento él posaba su mano que le daba forma, nuestro lamento común era suplicante en su trueno. El tono crecía más vivaz cuando tocaba el diablo. Ya no escucharemos más aquellas seductoras armonías, ¡y sí!, los hombres ya han olvidado el sonido. Ellos cambian, rastreando todo el dudoso campo sobre el cual los condujo, como cerdos, por el oído.

 

traducción: Hugo Müller

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