Angurria vacunatoria exaspera a un virus recalcitrante

El horripilante mundo que conocíamos antes del Covid-19 se ha transformado en uno mil veces peor, en el cual el capitalismo extremo y salvaje se ha desencajado completamente, montado por un puñado de plutócratas que, basados en un egoísmo enajenante que haría empalidecer al mismísimo Trump, hacen contratos y tratos espurios con laboratorios farmacológicos y de infectología que llevan adelante el “negocio del coronavirus” sin importarles otro objetivo que alcanzar una ridícula inmunidad de rebaño, para una humanidad sumida en conflictos bélicos, desastres climáticos y crisis humanitarias de todo tipo y clase.

Los medios informativos y redes sociales aportan su granito de arena a la situación convulsa y desesperante. Millones de refugiados y migrantes son ubicados en campamentos degradantes. La alimentación malsana de una industria asfixiada conduce a una náusea rara, distinta de la Sartre, mucho más profunda y abismal.

Los tours vacunatorios están de moda, al igual que las fiestas clandestinas y la prostitución de Internet. Todo se presta a la deshumanización vil del pensamiento simple y la premisa concreta: “sálvese quien pueda”. En este contexto les toca a los filósofos proponer soluciones inútiles.

Marchas anticuarentenas, antivacunas, antileyes de reclusión se arman en las principales capitales. La gente está agotada, llega exhausta al segundo año de la pandemia, cree que con las vacunas se puede acabar todo y volver a aquel mundo feliz, añorando quién sabe qué beneficio o ventaja del escenario pre-pandémico. Israel, siempre a la vanguardia de los acontecimientos globales, acaba de anunciar que su plan vacunatorio fue un éxito, y que ya se perciben importantes mermas en casos y muertes por coronavirus. Entretanto, alardea de ser un país filántropo por concederle a los palestinos 5.000 vacunas falladas de Pfizer, mezcladas con ingredientes del Viagra. Así procuran distraer y asombrar a sus aliados con su eficiencia para conducir a su pueblo. Pero lo cierto es que la pandemia aún está lejos de retirarse de la tierra sagrada, ya que ahí hay un foco infeccioso de guerrerismo y crueldad que no se ha de terminar fácilmente.

Sus aliados estadounidenses y británicos siguen embarcados en campañas gigantes y creen que pronto han de solucionar sus respectivas calamidades. El brexit sólo ha empeorado las cosas y generado rispideces inéditas. Fracasado el intento golpista en Bielorrusia, atascado el conflicto ucraniano, ahora los “think tanks” occidentales se han concentrado en horadar el firme gobierno de Putin. Su exitosa Sputnik-V es la envidia de sus rivales, ni la Sinovac china les despierta tanta tirria. Inventaron un opositor, por supuesto candidato al premio nobel 2021, divulgaron un falso envenenamiento y lo encaramaron como una figura potable que busca la liberación de los rusos, a un régimen opresor e inescrupuloso. El asco que generan sus manipulaciones y malversaciones de la realidad ahuyenta al analista geopolítico más calmo.

Las mutaciones del virus son una estrategia para prolongarse en el siglo XXI. Acá no van a venir otros años locos, ni va a haber una resurrección de las economías. Mucho menos se va a revertir la degradación moral y ambiental del planeta. Nos hemos comunicado con representantes del SARS-Cov2, o como quiera se llame, y nos aseguró que no es su intención convertirse en algo endémico, sino acelerar los escasos segundos que le quedan al Reloj del Apocalipsis.

La gente va a tener que seguir usando barbijos y ahogarse en sus esputos. El “distanciamiento social” continuará ad-infinitum, para demostrarle a la humanidad que el espíritu gregario es inútil. La batalla está perdida: sólo falta que las dulces esperanzas se terminen de pudrir…

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