A la hora once

Como a través de la expansión azul él roza en alegres alas, tarde Frank Hutchings sorprende a la señorita Sims, ambos atados a la puerta alta del Cielo. En vida ellos amaron y (Dios sabe por qué un amante debe ser juzgado así), él la asesinó, en las horcas altas murieron piadosos y volaron.
Los piniones de ella estaban desaliñados, sucios y rasgados como por un vendaval, mientras los suyos estaban brillantes, todas frescamente aceitadas las plumas de su cola. El rostro de ella, también, estaba manchado y desgastado, amenazante y sombrío, el de él dulce y suave, hubieran jurado que ella lo había asesinado a él.
Cuando arribaron ante la puerta él le dijo a ella: ‘Mi querida, es duro una vez más separarnos, pero no puedes ingresar aquí. Porque tú, desafortunadamente, fuiste enviada tan rápido a la tumba que no tienes nada de qué arrepentirte, ni tiempo para salvar tu alma’.
‘Es verdad’ dijo ella, ‘y yo debería gemir en el Infierno aún ahora, pero he permanecido alrededor de la prisión del condado para ver a un cristiano morir’.

 

traducción: Hugo Müller

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