Un llamador

‘Porque, Goldenson, se ve usted muy bien’ dijo la muerte mientras, vagando hacia la cárcel del condado, él ingresó a la serena celda del asesino y colgó su sombrero y abrigo sobre un clavo. ‘Pienso que la vida en este lugar recluido es afín con hombres de su comercio, ¿no lo es?’
‘Bueno, sí’ dijo Goldenson, ‘No me puedo quejar: la vida en cualquier lado –con tal que sea la mía- concuerda conmigo, pero observo con dolor que aún la gente murmura y se queja. Hiere su sentido de la armonía, sin duda, ver a un hombre condenado robustecerse’.
‘Oh no, no es que se esté robusteciendo’ dijo la Muerte, ‘lo que hace que aquellos descontentos se quejen y regañen, a ellos les gustaría verlo, de algún modo, escaso de aliento. Lo que ellos objetan es que esté envejeciendo. Y aunque indiferente a lo magro o lo graso, no favorecería aquello entermente’.

Con ceños que se encontraban sobre las órbitas oculares, y la nariz como si de ella apareciera un águila volando, y el labio elevado, descubriendo sus dientes, el Covid-19 se burló fríamente: ‘¡Oh, así no debiera! Bueno, ¿cómo aliviará su esponjosa pasión por la sangre de edad?’
La Muerte, con una convulsión traqueteante, se puso su abrigo, su sombrero sobre su mollera sin carne, quitó la barra de la puerta y, avanzando a medias, giró y dio una respuesta: ‘Le mostraré cómo. Estoy yendo al tribunal que llaman Supremo, y tocaré a las viejas que se sientan allí y soñaré’.

 

traducción: Hugo Müller

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