Un ardor amortiguado

La Chinatown en Bakersfield estaba ardiendo brillante y alta, las llamas no se rendirían al agua, aunque torrentes empaparan el cielo y se hundieran en el suelo por millas alrededor, las casas estaban tan secas.
Entonces se elevó un viejo predicador al que todos admiraban demasiado, que dijo: ‘Verdaderamente no aspiro a forzarlos a mi plan, pero las corrientes, parece, podrían apagar estos rayos si giraran sobre el fuego’.

El bombero dijo: ‘¡Este gris infeliz se atreve a lanzar su locura sobre nosotros! ¡Estuvo bien que él haya sentido nuestro poder, no, él debería sentir nuestro deber!’ Con un chorro de humedad y poco arrepentimiento ellos dispusieron el polvo de aquel hombre viejo.
traducción: Hugo Müller

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