Netanyahu, acorralado pero atornillado a su puesto

Quienes siguieron la política israelí en el último año deben estar hastiados de elecciones, disoluciones de parlamentos, acuerdos espurios y maniobras dilatorias para extender la era de gobierno de Benjamin Netanyahu, de una manera tan retorcida y maleante como el presidente estadounidense resiste en su puesto, e insiste en que hubo un fraude masivo en las elecciones que depositaron al geronte demócrata Joe Biden al frente de la Casa Blanca. Precisamente, la derrota de Trump no fue una buena noticia para el premier israelí, quien a pesar de haber sufrido diversos traspiés continúa gobernando Israel, indemne e impune de su desastroso manejo de la pandemia y la calamitosa situación económica de la mayoría del “pueblo”, recibiendo incluso el aliciente de concretar una paz absurda con gobiernos cómplices de sus crímenes y genocidios, como los de Emiratos Arabes Unidos y Bahrein.

La noticia que traemos en esta ocasión significa otro revés para su estrategia neroniana de liderazgo, ya que su principal rival dentro del partido Likud decidió fundar un nuevo partido de derecha, aspirando de este modo a dar fin a su ya larguísimo (des)gobierno. En un mordaz ataque a las tenaces aspiraciones de Netanyahu, Gideon Sa’ar, que compitió con él en la interna de 2019, obteniendo el 27% de los votos, declaró su objetivo de reemplazar a quien hasta hace poco era su admirado líder. Dijo que el Likud se convirtió en una herramienta que responde a los intereses personales de la persona a cargo, incluyendo cuestiones ligadas a sus procesos judiciales, y que se limita simplemente a hacer un culto a la personalidad de un ególatra descomedido acusado de soborno, fraude y abuso de confianza.

“El Likud ha cambiado dramáticamente su personalidad en los últimos años. No soporto más el gobierno de Netanyahu o ser miembro del partido que él conduce. Hoy Israel necesita unidad y estabilidad, Netanyahu sólo ofrece desunión e inestabilidad”.

Sa’ar, ex ministro de educación, renunció a su banca en la Knesset, junto con tres acólitos que ya se asociaron a su nuevo partido, bautizado “Nueva Esperanza”. Según sondeos de avezados científicos, miles de israelíes frustrados con el derrotero del gobierno de Netanyahu, se afiliarían a la nueva fuerza política. Se proyecta que podrían alcanzar 18 bancas, detrás del Likud con 25, pero delante de Yamina, otro partido de derecha, que cuenta con 17.

Esta jugada política podría colocar al Likud por primera vez en desventaja en el Parlamento. Sin embargo, partidarios de Netanyahu dijeron que Sa’ar padeció una derrota humillante y como otros aspirantes frustrados decidió abandonar el partido, donde seguramente se ha de incinerar.

Más allá de las especulaciones parlamentarias, y ante las sucesivas pérdidas de apoyo de importantes figuras de su entorno, Netanyahu está considerando adelantar nuevas elecciones, sin tener en cuenta que durante 2020 ya se realizaron cuatro sin obtener resultados que despejen el predominio de una u otra fuerza –la derecha moderada, donde cabría incluir ahora a Sa’ar, y la ultraderecha liderada por Netanyahu, quien paradójicamente conserva el poder por tejer alianzas transitorias con grupos de derecha dialoguistas-. De hecho, las elecciones ya fueron programadas para el 16 de marzo próximo. Si el proyecto pasa, a Netanyahu no le va a quedar otra que convencer a su aliado, el centrista Benny Gantz, líder del partido Azul y Blanco, que lo apoye en la contienda, ya que de otro modo no podrá asumir como primer ministro dentro de un año, tal como se arregló en su acuerdo de ejercer la primera magistratura en forma rotativa.

Entretanto, Netanyahu y su equipadísimo y ultratecnologizado ejército, siguen adelante con sus matanzas de palestinos, sirios y libaneses, en “defensa” del sagrado estado de Israel.

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