El reino del hambre

A él, en quien el amor a la Naturaleza ha suplantado imperfectamente el deseo y la espantosa necesidad de comida, tu costa, linda Oakland, es un terror. Sobre todo tu nivel soleado, desde Tamaletown a donde el fragante limo del Pestuary, tachonado con perros muertos, carga su flota enferma, cría la pendiente amenaza de inanición. Los huesos de hombres y mujeres blanquean a lo largo de los caminos y buitres mimados duermen sobre los árboles. Es una tierra de muerte, y el hambre allí mantiene la soberanía, aunque algunos se inclinan a desafiarla, y viven atrincherados en despensas, manejando su sustento desde el exterior. ¡Pero dolor por él, el extranjero! El morirá como muere el primer justo en la raíz, y promesa en su mejor momento. El, aventurado a penetrar los rectangulares bosques de caminos crecidos de pasto y lujuriosas flores, frecuentado por la abeja y la alegre, arrogante ardilla, se extravía con descuidados pies a lo lejos, de la habitación humana y se pierde en medio de Broadway. Allí el hambre lo coge, y (¡hombre descuidado! estimando que la providencia de Dios se extienda tan lejos) no tiene dónde ni con qué abatir su urgencia. Entonces, ¡sí! aparece una casa de comidas, un restaurant, un lugar donde el veneno combate el hambre, y los dos, como peces-halcones guerreando el cielo superior, por aquel que alguien tomó de la profundidad, se arreglan entre ambos para despachar la presa. El entra y deja esperanza detrás. Allí termina su historia. Luego sus huesos, recogidos limpios por los buitres (con los huesos él mismo fue recogido, incauto) alinean la carretera. Oh, mis amigos, de todos los criminales y mortales dispositivos del enemigo de las almas, plantados a lo largo de los caminos de la vida para atrapar las partes mortal e inmortal del hombre, el restaurant Oakland es líder. Vive, ese hombre debe morir. Florece que la vida puede marchitarse. Sus piedras basales reposan en corazones y esperanzas humanas. ¡Lo he visto en cangrejos guisados en leche y ensalada ofrecidos con un vestido tan impíamente compuesto que incluía harina y azúcar! Sí, ¡he comido perro allí!, perro, como soy un hombre ¡perro hervido en las alcantarillas de la ciudad! No más tu mano, Dispepsia, asume la pluma y garabatea un torturado ‘Fin’ en la página.

 

traducción: Hugo Müller

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