Un gruñón

Juez Shafter, es usted un hombre viejo, lo sé, y conocedor también, no lo dudo, de las leyes, y una cabeza blanca con mucha nieve de invierno (deseo, sin embargo, que su corazón se deshiele) reclama reverencia y honor, pero la mandíbula que está siempre meneando con una palabra maligna, regañando y reprochando a cada uno a la vista tan ásperamente como una urraca en un pino, y con tan poco sentido del mal y el bien como anima a aquella irritable criatura, no es un rasgo muy venerable.

Usted maldice a todos los testigos, a todos los jurados también (e insulta a los abogados, supongo, aunque aquello es condenable) ‘hasta que todo es triste’, y de lo que se trata todo, el buen Señor lo sabe, no usted, pero todos los resplandores más calientes, más feroces, su cólera por aquello, como los perros el aullido más fuerte, con sólo un brillo de luna para incitar su rabia, y osos con un gruñido de amenaza más feroz, aún cuando su comida es lanzada en la jaula. Refórmese, su Señoría, y deje de maldecirnos. No sea que todos los hombres lo escuchen gritar: ‘¡Aquí oso!’

 

traducción: Hugo Müller

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