La Van Nesíada

De extremo a extremo, tu avenida, Van Ness, ¡sonaba con los gritos de batalla y angustia! Bravíos pulmones atronaban con espantoso sonido, ¡y el sudor humeaba en el suelo! Canta, musa celestial, a los oídos de la arcilla mortal, el sentido, causa y final de la refriega.

El gran conserje Ashe (invocando primero a los dioses, que firmaron su favor con cabeceos de asentimiento que rompían la mitad de sus cabezas, sus cuellos se secaron desde que la última copa de néctar anduvo circulando) resolvió construir un establo en su lote, los vecinos ferozmente jurando que no debía hacerlo. El dijo: ‘¡Construyo el establo!’ ‘No, no puede’ dijeron ellos. ‘¡Yo puedo!’ ‘¡No puede!’ ‘¡Lo haré!’ ‘¡No lo hará!’ ‘¡Cielos!’ juró él, ‘no sólo lo construiré, ¡sino compraré burros hasta llenar el lugar!’ ‘No necesita gastos’ se burlaron ellos en tonos de hielo ‘el propio dueño, si se aloja ahí, será suficiente’. Por tres largos meses libraron una espantosa guerra: con mujeres, mujeres, hombres con hombres comprometidos, ¡mientras bebés rugientes y caniches chillones rabiaban!
Júpiter, desde el Olimpo, donde todavía mantiene su anciana sesión (con dolores reumáticos tocados por su larga exposición) marcó la lucha, interminable pero por pérdida de vida, porque la maldición pronto cansa el aliento si no, la vejez misma es muerte certera. ¡Sí! El sostiene alto en el cielo el rayo fatal, una sartén dorada pende de cada extremo, esto se siente del destino del Conserje, la angustia descendente, que soporta el destino de todos los Van Ness. ¡Ay de mí!, las escalas oxidadas, toda su vida partida, envía una sentencia ni a favor ni en contra: las condenas cuelgan a nivel y la guerra continúa. Con un divino, desdeñoso desprecio Júpiter tiró las sartenes y pateó, él mismo, el rayo: entonces, para decidir la contienda, con ingenio presto, hizo girar ausentemente el níquel que no le importaba por ello, remarcando: ‘Míralo girar: escucha, Conserje pierde, cola, los otros ganan’. El níquel consciente, cargó con condena, giró en redondo portentosamente e hizo un sonido de llamado, entonces, tambaleándose bajo su carga de destino, se hundió tintineando, murió al fin y yace en estado.
Júpiter sondeó el disco y entonces, como es su costumbre, levantó sus órbitas considerando, exclamando: ‘¡Frente!’ Con ociosa presteza se aproximó el dios heraldo, a cuya mente él abordó: ‘En San Francisco dos potencias beligerantes, así como grandes torres de Ilión contendiendo alrededor, lucharon por un establo, aunque en cada clase no había un caballo, y sí un solo culo. Aquiles Ashe, con quijada formidable, asalta a la banda troyana con fiereza y rebuzno, disparando a la noche con brillantes maldiciones. Ellos con oscura vituperación oscurecen el día. El Destino, contra quien ni los dioses ni los hombres compiten, decreta su victoria y su derrota. Con presteza, buen Mercurio, ¡házte cargo ahora y salívalo hasta que pierda el sentido!’
Justo abajo disparó el mensajero lejano, ¡arrastrando un esplendor como una estrella descendente! Con lustre oscurecido a través del aire él ardió, se desvaneció, ni hasta que retornó otro sol. El soberano de los dioses superiores sonrió, brillando benigno, paternalmente y tierno: ‘¿Es ejecutado el decreto del destino, mi muchacho, y ahora él perdió los sentidos?’ ‘Ah, señor, nunca los tuvo’.

 

traducción: Hugo Müller

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