La muerte de Grant

¡Padre!, cuya dura y cruel ley es parte de tu plan de compasión, sondeamos presuntuosamente tus obras por aquello que los profetas dicen que vieron.
Aún escalamos para ganar la espantosa pendiente prohibida que nos amuralla, la seguridad de la brillante llanura que la fe ha certificado para esperar.

¡En vano! Más allá de la colina circundante la sombra y la nube se mantienen. Sometida la duda, nuestros espíritus guian para confiar en el registro y permanecer quieto.

Para confiar en él lealmente como quien, atento a su alto diseño, jamás elevó un ojo perseguidor hacia tí, pero labró tu voluntad inconcientemente.
Disputando no la oportunidad o el destino, ni cuestionando la causa o el credo: para nada más que la hazaña del deber, demasiado simplemente sabio, demasiado humildemente grave.

El cañón silabeó su nombre, su sombra cambió sobre la tierra, portentosa, ¡como a su demanda sucesivos batallones saltaron a las llamas!

El encendió el continente con fuego, ¡los ríos corrían en líneas de luz! Tu voluntad será hecha en la tierra, si buena o mala a él no le importó inquirir.

Suya era la mano pesada, y suyo el servicio de la espada déspota, suya la suave respuesta que alivió las gigantes animosidades de la guerra.
Déjenos tener paz: nuestros ojos nublados, llénalos, Padre, con otra luz, que podamos ver con visión más clara su alma sirviente en el Paraíso.
traducción: Hugo Müller

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