La lamentable historia del señor Peters

Me gustaría, buenos amigos, mencionar el desastre que le ocurrió al señor William Perry Peters, del pueblo de Muscatel, cuyo destino está lleno de significado, si se comprende correctamente la admonición a los altivos, consolación a los buenos.
Ocurrió en el estallido de calor en el que recién incurrimos, cuando estaba lo suficiente cálido para carbonizar las plumas de un pájaro y los hombres exclamaban: ‘¡Por las cachas!’ que eran malos suficientes para jurar, y personas pías supervisaban sus adjetivos con cuidado. El señor Peters era un pedagogo de honor y reputación, su aprendizaje comprensivo, minucioso, multifacético. Cuando fuera que él venía era comúnmente concedido en la sección que el hombre que jugaba contra él necesitaba conocimiento del juego. Y había quienes susurraban, en el pueblo de Muscatel, que además del juego de dibujar él sabía también de ortografia, aunque los directores de escuela, frígidamente despreciando aquello como material, pensaron que el Dibujo (y tal vez la ortografía, si lo complacía) era suficiente. Con todo él era un hombre arrogante, indudablemente grandioso, pero demasiado vano en sus logros y su poder en debate. Su semblante era insolente con los hombres menos dotados: ‘Sólo yo’ decía él ‘puede levantar la mente humana. Ante una audiencia adecuada, si alguna vez tengo una oportunidad, me verán aportando a la causa del Aprendizaje para avanzar. Sólo déjenme tener una oportunidad decente para traer mi mano mental y vendré a centrar livianamente de un modo que ellos comprenderán’.

Así era William Perry Peters, y tengo un profundo sentido de dolor por ser incapaz de emplear el tiempo presente, pero la Providencia dispone, que sea nuestra intriga la que deba ser, y disponga del señor Peters de un modo frío, insensible.
Ocurrió en San Francisco, adonde vino el señor Peters en la causa de Educación, sintiendo aún la sagrada llama de la ambición para asistir en alzar la mente humana a un plano más elevado de conocimiento que el diseñado por su Arquitecto.
El asistió a la convención del anfitrión pedagógico, era el primero en el Pabellón, fue el último en dejar su puesto. Por días y días él observó estrechamente los ojos del director, sus esfuerzos inefectivos para atraparlo al vuelo.
El momento bendito vino al fin: el director levantó su cabeza. ‘El caballero de ah-um’ dijo aquel funcionario. El caballero de ah-um reflejó con una sonrisa: ‘Me conocen mejor por lado a lado, cuando estoy aportando’.

Entonces William Perry Peters alzó alegremente sus pies ¡y directo estaba deslumbrante con un calor incalculable! Su rostro estaba tan brillante como puede estar un rostro humano, y el calor emanaba de toda su periferia, porque se sentía el foco de los ojos no Muscatelianos, y el dolor de su convergencia era terror y sorpresa. Con impiadoso impacto todas sus ondas de calor rompieron, ¡se lo veía desarrollando espantosas cantidades de humo!
‘¡Sáquenlo afuera!’ gritaron todos a coro, pero el significado de aquella sugestión de ayuda no estaba clara a sus oídos ofuscados, y aumentó notablemente su resplandor incinerador para contemplarse excesivo, o de cualquier modo, despreciado.

¡Se había ido toda su salvaje ambición por elevar la mente humana! ¡Se fueron las palabras que iba a pronunciar!, ¡ido el pensamiento que había dejado atrás! Porque ‘palabras que arden’ deben ser consumidas en una llama superior, y ‘pensamientos que respiran’ deben dar su último aliento, y morir una muerte de vergüenza.
Sabía que era una luz brillante, pero nunca se había conocido tan luminoso como ahora sabía que brillaba. ‘Un pilar, yo, de fuego’ había dicho ’para guiar a mi raza’, y ahora él era aquella cosa muy inconveniente para él.

Se paró allí todo irresoluto, los segundos iban y venían, los minutos pasaron y lo hicieron para agregar combustible fresco a su llama. Cuánto tiempo estuvo parado no lo supo, fue un siglo o más, ¡y luego aquel hombre incandescente se levantó para ir a la puerta!
Se lanzó como un cometa del edificio a la calle, donde Fahrenheit atestiguaba 95° de calor. Vicisitudes del clima hacen la tenencia de la respiración precaria, ¡y William Perry Peters se congeló hasta la muerte!

 

traducción: Hugo Müller

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