Fantasías subterráneas

He muerto. Mientras mansamente descanso en la tierra con los dedos arrugados reverentemente plegados, el gusano ¡incivil ingeniero! Mi arcilla tunelizada industriosamente, y el topo lo hizo. Mi cuerpo no podría esquivarlo pero mi alma lo hizo, por ello había volado de su bola terrestre y yo me deshice de él para bien y todo.

Así que allí estoy, debatiendo qué hacer, qué medidas deberían ser útilmente tomadas para evitar la tripulación subterránea de antropófagos y salvar mi tocino. Mi fortaleza era todo esto mientras estuvo inconmovible, pero cualquier caballero, por supuesto, protesta contra la recepción de gente no invitada.
Cuán orgulloso esté él de sus carnes, ni siquiera Apicius ni, pienso, Lucullus, desperdiciaron en vagos sus dulces culinarios, ‘Afuera César’ dicen anfitriones juiciosos ‘o no’. Y aunque cuando Marcius vino espontáneamente Tullus Aufidius lo festejó porque se moría de hambre, luego Marcius fue tallado por Tullus.
Alimentamos el hambre, como ordena el libro (porque los hombres podrían cuestionar además nuestra ortodoxia), pero no importa ver las manos estiradas, y así los atendemos por poder. Cuando Want, en su indebida persona, lo golpea encuentra que estamos comprometidos. La tumba del gusano es muy fresca para pensar que nos gusta su presencia en la carne.
Entonces, como dije, yacía en duda, en todo aquel submundo ningún juez podría determinar mis derechos. Cuando la muerte se les aproxima ellos caen, y cayendo, naturalmente ensucian su armiño. Y aún debajo de la tierra, como arriba, la alimañan que trabaja con oscuros y silenciosos métodos gana el caso, el caso del entierro en el que uno está adentro.
Los casos ante la ley avanzan tan lentamente, incluso cuando el derecho está visiblemente despejado, que si todos los hombres fueran clasificados como veloces y muertos, los jueces estarían todos muertos, aunque algunos sin mortaja. Ruego a Júpiter que cuando estén realmente abarrotados al borde del Estigio, y las filas de Caronte a la vista, su ladrido pruebe ser peor que la mordida de Cerbero.

¡Ah! Cerbero, si sólo hubieras engendrado una raza de perros de tres bocas para nutrir al hombre y cuidar a la mujer, la musa no hubiese lamentado la decadencia de virtudes brutas, y la triple hidrofobia ahora florecería, por ladrar, morder, besar para emplear, repetidores caninos eran incluso una diversión.
¡Señor, cómo nos aferramos a este mundo vil! Aquí yo, cuyo polvo fue depositado antes de que comenzara esta acampada, junto a alimañas y gusanos y pececillos tan familiares, corro hacia adelante, y cantando aún e insistiendo en materias mundanas, aplastando, también, y dando forma. Odio al Angel de la Copa durmiente: así estoy por tomarla, y por cerrarla.

 

traducción: Hugo Müller

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