El santo y el monje

San Pedro desplegó en la puerta del Cielo las herramientas y terrores de su horrible comercio, la llave, el ceño tan impiadoso como la noche, que mata a la vista los intentos de los intrusos y, a cada lado a fácil alcance, el enrulado signo de interrogación todo preparado para ser lanzado.

Directo por el camino de la nube brillante (tan casualmente que no había nadie alrededor) un alma avanzó, un alma gorda, orbicular y alegre, con líneas de risa sobre cada papada rosada, un monje tan agradable que el santó lo admiró, sin aliento, hasta que débil y pálido, olvidó su ceño y todas sus preguntas también, absteniéndose incluso del habitual ‘¿Quién?’ Abrió bien la puerta y con una sonrisa amistosa dijo ’Es un hogar muy humilde, pero ruego que ingreses’. El alma sonrió complacida. ‘Perdóneme, por favor, ¿quién está allí adentro?’ Por insensibles grados la impudicia disipó la estima del santo, mientras ronquidos crecientes aniquilaron un sueño. El ceño comenzó a oscurecerse en su semblante, su mano para alcanzar ‘¿De dónde? y ‘¿Por qué?’ y ‘¿Cómo?’ ‘Oh, sin ofender, espero’ explicó el alma, ‘Soy bastante, bueno, particular. Me he esforzado un punto para venir aquí al fin y al cabo, se dijo que Susan Anthony (escucho que está muerta al fin) y todos sus seguidores están aquí. Como compañía, deberían estar, lo confieso, bastante extraño’. El santo replicó, pasado su creciente enojo: ‘¿Qué puedo hacer? La ley es dura y rápida, aunque no escrita y desconocida en la tierra, una orden oral emitida desde el Trono. Sólo por un pecado la mujer ha incurrido siempre en la ira de Dios. Acusarlas en voz alta de eso sería absurdo’.

Aquel fraile suspiró, pero llamando a una sonrisa, dijo, lentamente girando sobre su talón por un rato: ‘Adiós, mi amigo. Ponga la cadena y la barra, me estoy yendo, así por favor, donde están las mujeres hermosas’.

 

traducción: Hugo Müller

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