El sabio y bueno

‘Oh padre, vi en la iglesia mientras pasaba al populacho en números tan vastos que no podían entrar, y sus voces eran bajas, y se veían como si sufrieran un terrible dolor’.

‘Era el funeral, niño, de un caballero muerto por quien el gran corazón de la humanidad sangró’.

‘¿Qué lo hizo sangrar, padre, porque cada día alguien se va para siempre? ¿imprimen los hombres de periódicos una columna o más de cada persona cuyos problemas se terminan?’
‘Oh no, jamás harían eso, e incluso, aunque los impresores lo impriman ningún lector lo leería. Al sepulcro todos, temprano o tarde, debemos ser cargados, pero es sólo a los sabios y los buenos que todos lamentan’.
‘Eso está bien, querido padre, ¿pero cómo nuestros ojos pueden distinguir en los hombres muertos al bueno y al sabio?’
‘Eso es suficiente fácil para la mente más estúpida: ellos son pobres, y muriendo no dejan nada detrás de ellos’.

‘¿Ves en mis ojos, padre, alguna cosa verde?, ¿y llevarás a tu hijo por una marina embobada? Ve a contar la fina historia de los sabios y los buenos, que son pobres y lamentados como bebés en el bosque’.

Y aquella horrible juventud mientras me apuro estaba construyendo un guiño que afrontó el día.

 

traducción: Hugo Müller

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