El pecado imperdonable

Reconozco que tú nunca conociste a aquel dandy golpeador, Tom Carew, tenía un tacto tan ligero y libre como el de cualquier abeja, pero donde se encendía no había demasiado para justificar otro golpe. Oh, ¡qué domingo de escuela era observarlo levantando sus patas y sondeando sobre su particular peso su santidad abandonada!

Tom era de mi estilo, es todo lo que digo, algunos otros pueden ser igual de divertidos. ¿Qué fue de él? No lo sé, estoy seguro de que está muerto, lo cual hace su destino oscuro. Yo sólo comencé para despejar un punto vital en su carrera, lo que es decir, antes de morir él ensució su poderoso sarcasmo errante. Verás que se dedicó a la política y aprendió trucos de hombres de estado, tiró telegramas, vistió sombreros de hongo, usó perfume, tal como si fuera el presidente, fue al Legislativo, habló alto sobre el yugo inglés pero aquello estaba bien. Dejó que su pelo creciera suficiente para calificar para Alcalde, y una vez o dos ¡hurgó su nariz en el Congreso como un bajo desgarbado! Y así fue que ningún caballero puede esperar luchar con Dios nuevamente con la soga.

Tom fue de mal a cobarde. Estando muerto, supongo que debe ser dicho, porque tales inequidades así como fluyen desde la política no se ajustan para saberlas, pero si piensan que está actuando blanco para decirlo, ¡Thomas lanzó una pelea!

 

traducción: Hugo Müller

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