El editor sometido

Pixley, gargantilla de papas, se sentó en su guarida mascando su tabaco. Pensó en que era León XIII, y entonces lo mordió más intenso, lo hizo. El ámbar que sobrevolaba desde el bolo como ríos que estallaran de los límites era peculiarmente placentero de pensar que brotaba sangre de las heridas papales.
Se escuchó un golpe a la puerte donde había alguien esperando. ‘Adelante’ dijo el derramador de sangre sacerdotal, arremetiendo a la vez sus mandíbulas.
La persona que ingresó tenía el pelo enrulado y sonreía como nunca se ha visto, sus ojos eran azules, e infrecuentemente bella era su fisonomía.
Y aún había algo de algún modo grandioso y el editor dice mientras mira: ‘Su Altura’ (era su alteza, ustedes comprenden, lo que quiso decir, pero él hablaba como los libros), ‘su Altura, estoy adentro. Soy el editor de esta revista, lo que es decir, soy el dueño también, ¡y siempre anduvo de manera independiente! Ni un condenado loco puede interferir, moldeando el camino por mí: ¡Esta revista (y nada puede hacerla virar) es pixleiano en política!’
‘Es poco para mí’ dijo el bronceado joven, ‘si una revista es mejor o peor, donde estoy en casa no se quedarán, en verdad, el clima es tan perverso. He venido, de cualquier modo, imaginará que a alumbrar con un fuego muy superior: no tendrá otra cosa que hacer de aquí en adelante que escribir, mientras yo me acomodo e inspiro. ¡Lo haremos caliente todo alrededor, sí!’ y su risa era sonora y libre.
‘¡El diablo!’ gritó Pixley, sobrepasando locura. ‘Exactamente, mi amigo, ese soy yo’.

Entonces él tomó una silla y un abanico de plumas y se acomada, se queda y permanece, inspirando a aquel humilde editor, que suda, ¡suda y suda!
Su lucha es inevitable y es, oh, una visión lamentable ver a un gran editor arrogante y libre reducido a tal difícil situación!

 

traducción: Hugo Müller

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *