El clima desafortunado

El camino era largo, la colina era empinada, apenas podía mantener mis pies andando. La noche me había envuelto en penumbras, escuchaba la distante explosión del océano, el pisoteo de las vastas oleadas era transportado por la creciente explosión. ‘Dios ayude al marinero’ grité, ‘¡cuya nave se debate bravía ante el oleaje!’
Entonces desde la oscuridad impenetrable una voz solemne hizo el siguiente comentario: ‘Para esta localidad, cálida, brillante, el barómetro intacto, brisa ligera’. ‘Hombre consolador invisible’ grité, ‘quien sea que seas, no importa tu origen, te agradezco, pero mi preocupación es menos por la de Jack, por mi propia angustia. Si sólo pudiera encontrar un techo amigo, pequeñas oportunidades sin importar el clima de arriba. Porque aquel que tiene asegurado su confort, los dolores de otro bien puede soportar’. ‘La cuerda del pestillo se salió’ replicó la voz, ‘y se abrió la puerta, sólo entre’. Entonces a través de la oscuridad discerní una choza, hacia la cual me dirigí. A tientas bajo su heno me golpeé la cabeza y luego un fósforo. Una vela traicionada por aquel rayo pronto prestó ayuda de parafina. Vi un viejo flaco, pelado y pálido, quien comenzó esta queja: ‘A través de soles de verano y nieves de invierno me pongo a observar los dedos de mis pies. Ando con creciente dolor por el camino del deber, pero en vano. Las recompensas y honores me abandonan, ¡ningún Congreso escucha este negro lamento!’ Lleno de asombro, hablé: ‘Usted, anciano cuervo, ¿por qué este gruñido? Con la obsevación de sus pies, lo que el Congreso tiene que hacer, ¡el Cielo lo sabe! ¡Y trágueme si alguna vez conocí a uno que pueda sentarse y vagar también!’ Para responderme aquel cisne anciano tomó su palabra nuevamente: ‘A través de nieves invernales y soles veraniegos, aquí doy un Informe Meteorológico. Yo tomo el turno y puedo declarar cuando habrá tormenta y cuando estará lindo. Tres veces al día canto claro los problemas a todos los que deseen escucharlo. Algunas estaciones del clima lo hacen con ligera frivolidad, raramente está bien. Un científico de tiempos remotos, en la Ciudad de la Ciencia está escrito mi nacimiento. Y cuando doy la señal de lluvioso, sólo sáquense sus ropas fuera de la línea’. ‘No la mía, oh, maravilloso viejo, todavía no hay aquí instrumentos para sondear los métodos de su arte, no veo ningún barómetro ni telescopio. Si permite preguntas, ¿dejó su equipo en el asilo?’ Aquel viejo extraño con rudo movimiento creció a una altitud sorprendente. ‘Desprecio las herramientas (y los sarcasmos también), digo el clima por mis callos. No ve aquí puertas ni ventanas, el viento y la humedad entran libres. Ni fuegos ni luces, ni lana ni pieles falsifican aquí la temperatura. Expongo mis callos sin cuero para sentir las agonías de los pronosticadores de lluvia. Ninguna media en sus oídos los mantendrá a salvo del próximo grito de avertencia de tempestad. Algunos tienen este tipo de delicadeza, saben que el próximo verano será caluroso. Uno de aquí dice esto (por esto él es el mejor): ‘Tormenta del centro pasando al oeste. Los signos vitales de este están paralizados con escarcha para el seis de enero. Un tipo justo ahora esta ocupado en imaginar la marea del próximo viernes. He afeitado a este tipo tan delgado y sincero, él detectará una niebla en el sur de Perú. Esas son mis herramientas, que jamás un Observatorio inflado podrá superar. Por mucho estudiar sus latidos estuve en todos los problemas’. Más aún, sin duda, él debió decir, pero de pronto se dio vuelta y huyó, porque en mis ojos verdes e indignados yacen tormentas que él no predijo, hasta que de una vez, con silenciosos chilidos, atrapó sus dedos y le contó a sus talones.
traducción: Hugo Müller

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