Tres clases de un bribón

Sharon, ambicioso de vergüenza inmortal, el muro de muerte de la Fama embadurnado con su ilustre nombre, sirvió en el Senado, por nuestros pecados, su tiempo, cada palabra una locura y cada voto un crimen, bien habilidoso para hacer ley para nuestro gobierno, por conocimiento ganó en estudio cómo romper, aún quieto por los ojos ignorados que presiden, que sólo lo buscaban cuando roncaba demasiado fuerte. ¡Trueno auspicioso! Cuando se despertó para votar el acalló el suyo para cortar la garganta de su país, realizó aquel rito, se cayó de nuevo para dormir ¡mientras estadistas de eras muertas despertaron para llorar!
Para el servicio sedentario todo desajustado, por descansar largamente descalificado para sentarse, perdiendo abajo mientrás decaía arriba, su asiento se puso más duro mientras su cerebro se ablandó, dejó el salón que no pudo llevarse, ¡y millones agradecidos bendijeron aquel día feliz! Ante cualquier contienda oída en aquel salón, su Estado soberano tiene todavía la palabra final: porque cuando los acalorados estadistas rugen sorprenden los ecos ancianos de su ronquido, que expide desde sus polvorientos rincones, y cierra con tormentoso clamor el debate. Para bajar truenos melodiosos, entonces se desvanece, sus nanas murmurantes invaden todos los oídos, la Paz toma la Silla, el portal del silencio se conserva, ningún movimiento sacude las oscuras y profundas letanías, Washoe ha hablado y el Senado duerme.

¡Sí!, el nuevo Sharon con un nuevo intento, sin hacer leyes pero dispuesto a esquivar las leyes de la naturaleza (dado que no puede repelerlas) que quiebran su frágil cuerpo en la rueda. Como Tántalo, nuevamente, y aún de nuevo la ola elusiva se esfuerza por refrenar, por ahogar su espantosa sed, así Sharon intenta comprar la felicidad que la edad niega, obtiene la sombra, pero la sustancia se va, y abraza la espina pero no puede guardar la rosa, por los frutos del mar Muerto apuesta pródigamente, come, y luego, engaña con tardía reforma. Alerta sus facultades mientras sesenta años y ochenta vicios lo permitirán, se acerca jugando a los dados con la Muerte, el final del juego, y aún maldice la llama desperdiciada de su antorcha, el estrecho círculo de cuyo agudo resplandor opaca y disminuye a cada lanzamiento.
Momentos son sus pérdidas, placeres son sus ganancias, que aún en su agarre se invierten en dolores. La alegría de agarrarlas solo permanece.
¡Sube el telón y la obra prosigue! Contemplen a nuestro Sharon en su último loco acto. Con hombre largamente guerreando, batallando con Dios, se agacha ahora bajo la vara de una mujer predestinada para su espalda mientras aún estaba cerrada en una bellota que, un día sin suerte, él robó, inconciente de su rama fetal, desde el escaso granero de un cerdo ciego. Con espaldas sangrantes despiadadamente marcadas, chilla más vigorosamente que lo que una vez roncó. Los compasivos Comstocks se inclinan para escuchar, y el río Carson derrama una lágrima viscosa, que robustos y tambaleantes bichos asaltan a todo correr, con frugalidad lista, y urgen a lo largo de la llanura. El conejo idiota se lamenta mientras él corre, la artemisa florece a lo largo de las laderas, en nubes elevándose el álcali punzante, sin lágrimas, hace llorar a todos. Canarios de Washoe en la pendiente de Geiger someten el canto de su cabalgata y, limpiando con sus oídos las lágrimas sin derramar, lamento para la cabeza desafortunada de su familia. Virginia City suspende su comercio y extranjeros bien ataviados caminan sus calles sin desollar. No, toda Nevada cesa su trabajo para llorar y el ángel grabador se va a dormir. Pero en sus sueños el chirrido mana de su pluma de ganso, aumenta los débitos en la larga cuenta. ¡Y aún los continentes y océanos llaman a los tormentos reales del Rey de Plata! Bramidos incesantes llenan toda la tierra, mezclados con alegría inextinguible. El ruge, los hombres se ríen, los Nevadinos lloran, las bestias aúllan, ¡pica el pez asustado y grita el ave! Con monstruoso estrépito se elevan los truenos mezclados, repique sobre repique, y brama a lo largo de los cielos, sobrecoge en el infierno a los Sharons mientras gimen, ¡y sacude los esplendores del gran trono blanco! Aún rugiendo hacia afuera a través de la profunda vastedad, los círculos expandiéndose de sonido que se aleja, se persiguen mutuamente en una carrera fallida a los fríos confines del espacio eterno, allí se rompen y mueren junto a aquella espantosa orilla, que los propios ojos de Dios jamás se atrevieron a explorar, ¡oscura, temerosa, sin forma, sin nombre, para siempre!
¡Miren al oeste! Contra ese cielo acerado, la Montaña Solitaria levanta su santa cruz en alto. Sobre su base los muertos de rostro manso están dispuestos para compartir la bendición de su sombra. Con manos blancas cruzadas, ojos cerrados y pies formales, sus noches son inocentes, sus días discretos. Sharon, algunos años, tal vez, resto de vida de vicio y codicia, vulgaridad y lucha, y entonces Dios aceleró el día si así es su voluntad, tú estarás entre los muertos que ayudaste a matar, y estarás en buena sociedad al fin, tu bolso sin plata y tu cara sin bronce.

 

traducción: Hugo Müller

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