Revueltas en Kirguistán generan una sana anarquía

Ya todos sabemos que en el siglo XXI las elecciones de cualquier país del mundo, cualquiera sea su resultado, siempre van a estar cruzadas de acusaciones de fraude y manipulación, según a quién favorezca el resultado. Ya no hay sistemas electorales creíbles y los desarrollos tecnológicos, en lugar de ayudar a elegir gobernantes, han sembrado mayor confusión y dudas sobre los regímenes gobernantes. Es algo muy común el no reconocimiento del triunfo del adversario, no importa cuán aplastante sea. Así se manejan las potencias mundiales, y como una réplica, lo hacen los países emergentes y los pobres, perdurando una gerontocracia decadente que ha conducido al planeta a un lento apocalipsis, de la mano de los organismos internacionales muy dispuestos a investigar violaciones de derechos humanos en Venezuela o Corea del Norte, y totalmente renuentes a hacerlo en países donde estas violaciones son, tanto cualitativa como cuantitativamente, infinitamente mayores, como los casos de Estados Unidos y Colombia, por no decir que directamente organizan y orquestan golpes de Estado, como lo hizo la OEA en Bolivia, donde parece que en dos semanas se repetirá la triste historia del año pasado, reproduciéndose el golpe. .

Kirguistán no es la excepción. Las autoridades decidieron aceptar las demandas de la oposición, y se anularon los resultados de las elecciones parlamentarias del domingo. Este fue el final previsible de una noche dramática en la que se lanzaron piedras, bombas lacrimógenas y carros hidrantes, dejando a esta ex república soviética, adepta a los movimientos revolucionarios, sin un liderazgo político claro.

Las protestas reunieron a un abigarrado grupo de manifestantes contra el gobierno, a quien acusaron de “arreglar” la elección. Por la mañana, los manifestantes capturaron edificios del gobierno y liberaron de la prisión al ex presidente Almazbek Atambayev. Al menos 10 personas murieron, 600 resultaron heridas y más de 13.000 arrestadas. Los convocados vociferaron que se había montado un gigantesco fraude y compra de votos. Según la información divulgada por el gobierno, la élite a cargo había obtenido casi el 50% de los escaños, dejando sin representación parlamentaria a influyentes oligarcas kirguizos.

Arrinconado, el presidente Sooronbai Jeenbekov declaró que había ordenado a sus funcionarios “investigar los resultados de las elecciones”. De este modo pretende desescalar la tensión: “Paz en el estado, y estabilidad en la sociedad, son más valiosos que cualquier mandato de diputado”.

Las instituciones kirguizas se han visto así debilitadas, no pudiendo emerger de ciclos de violentas protestas, gobiernos débiles y un completo caos político. Los eventos del fin de semana generaron una convulsión mayúscula, jamás vista en esta joven nación, pionera de las “revoluciones de colores”. El primer presidente kirguizo, Askar Akayev, fue echado y debió escapar en helicóptero a Moscú. En 2010, el segundo presidente, Kurmanbek Bakiev, debió escapar en tren a Mink antes de que lo agarraran turbas insatisfechas. Esta vez, el presidente Jeenbekov aún permanece en la capital Bishkek, y parece que no quiere largar el poder.

“El golpe ha sido a medias exitoso. Los manifestantes obtuvieron lo que querían, ya se les prometió una nueva elección, aunque no olvidarán la responsabilidad del presidente” sugirió Arkady Dubnov, analista moscovita.

Con los eventos desenvolviéndose rápidamente, parece que la anarquía y la inestabilidad se encuentran a la orden del día. Partidos opositores han conformado un Consejo de Coordinación, aunque ya se han planteado disputas entre sus principales referentes. Aún se espera cómo reaccionarán las provincias del sur, donde el presidente tiene la mayoría de sus simpatizantes, y las potencias extranjeras.

De este modo, el drama kirguizo se suma a un montón de problemas que afectan a países línderos de Rusia. En dos meses, Putin vio cómo se pudrió todo en Bielorrusia, las hostilidades entre Azerbaiján y Armenia en Nagorno-Karabakh, y ahora una semi-revolución en Kirguistán, mientras los inconvenientes en Ucrania están lejos de resolverse. Occidente está feliz con tantos dolores de cabeza para el gobierno ruso, a los que hay que sumar la burda acusación de envenenamiento del opositor Navalny.

La reacción inicial de Serguei Lavrov, el canciller ruso, fue manifestar que se trata de una “revolución de colores” más, un conflicto kirguizo que sólo pueden solucionar los kirguizos, y que más vale que los europeos quiten sus perversos ojos y narices de esta revoltosa, aunque simpática, nación.

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