Recordado

Sobre mi ventana el crepúsculo hacía familiares misterios de sombra. Desde la penumbra voces débiles estaban convocando vagamente al pueblo. Con la intención de sentarme ante un resplandor bajo y lejano que ardía en el extremo del mundo, con breve alivio del dolor, giré el volumen, hoja por hoja, donde una mano, largamente muerta, había forjado un millón de milagros de pensamiento. Mis dedos desataron descuidadamente las páginas escritas, y entre ellas vagué sin sentido, sin adivinar la riqueza que, pobres tontos, estaban minando. El alma que debía haber liderado su búsqueda estaba soñando en el nivel oeste, donde una alta torre, rígida y quieta, levantada en una distante colina, se paraba solitaria y desapasionadamente
para reclamar a su estrella guardiana la llama en retorno.
No sé cómo se rompió mi sueño, pero de pronto mi espíritu se despertó lleno con un tonto temor de mirar sobre la mano que clavó el libro, apuntando significativamente, luego me incliné atento al texto y leí, y mientras leí me volví viejo, las palabras sin sentido: ‘¡Pobre Tom, es un frío!’
¡Ah sí!, a qué toque sutil la copa rebosante renuncia a su garra sobre el vino. Querido Dios, está escrito que los corazones soportan su sobrecarga de amargura aunque tú permitas las trastadas de la suerte, acechando en los rincones, y lanzando cobardes golpes desde libros, ¿y alcanzando manos muertas en todas partes?

 

traducción: Hugo Müller

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