A un eulogista profesional

Newman, en tí se combinan dos parásitos: como tenia y como lombriz también tú brillas. Cuando vivías en las virtudes de los rápidos, el orgullo de residencia era todo lo que sentías (¿qué vano y vulgar el deseo que nunca supo pintar su alojamiento de un tono extravagante?). Y cuando cantaste alabanzas de los muertos era el apetito, no la verdad, el que inspiró tu lengua, como cuando hombres mal alimentados calentándose con vino alardean de su mérito aunque esté picado. Ni la gratitud incita tu canción, ni debería, aún la caridad te evitaría si pudiera. Compartes, es verdad, la limosna diaria del hombre rico, pero lo que obtienes lo tomas a modo de peaje. En vano para resistirte, sólo el vermífugo tiene poder para empujarte de tu trono de ladrón. Para escapar de tí él está compelido a morir. ¡Ey, rápido! En el pestañeo de un ojo te desvaneces como una tenia, reapareces como lombriz y reanudas tu maldita carrera. Ya no como anfitrión, para satisfacer tu necesidad él se sirve como cena tu codicia inalterada. Oh, pródigo sicofante de riqueza y fama, hijo del servilismo y sacedote de la vergüenza, mientras nada puede abatir tu loca ambición por chupar la saliva de los ricos y los grandes, mientras aún tus eulogías se levanten como humo para cubrir de hollín a tus héroes e inflamar nuestros ojos, mientras aún con sagrado aceite, como aquel que corría por la barba de Aaron, calumnias a cada hombre famoso, no puedo elegir sino pensar que es muy extraño que nunca se te ocurra adular a Dios.

 

traducción: Hugo Müller

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