A un abogado insolente

Entonces, Hall McAllister, usted no será advertido, ¡mi protesta desairada, admonición despreciada! Para salvar a su cliente sinvergüenza de una celda tan reacia a tragarlo como él a hincharse, su suma de comidas insurgentes (condena todas las guerras intestinales con comidas que suben), usted gira su lengua escabrosa contra la prensa y maldita la agencia que tiene que bendecir. Si no la prensa con sus cientos de ojos discernió al lobo bajo el disfraz de oveja y elevó el grito sobre él, a él hoy le falta su compañía y a usted le falta su pago.

No hable de alquilar y conciencias a la venta, usted, cuya profesión está llena de amenazas, se queja, calumnia e injuria a voluntad de cualquier villano que puede pagar la cuenta, usted, cuyos más honestos dólares, todo fueron obtenidos diciendo por un salario ¡‘la cosa que no es!’
Para usted es uno, para desafiar o defender, los clientes son medios, su dinero es un fin. En mi profesión, a veces, como en la suya siempre, un pago lo suficientemente grande asegura el servicio de un mercenario para defender la culpabilidad o que el inocente se rinda. Pero note la diferencia, no lo piense un desaire: nosotros no lo sostenemos adecuadamente, bien o justo, de mentiras egoístas nos avergonzamos todavía un poco, y les damos otro nombre a nuestras villanías. La hipocresía es un vicio horrible, sin duda, pero no puedo seguir sin avergonzar pecadores. ¡Feliz el abogado! A sus manos favorecidas el mundo no demanda verdad ni decencia. Seguro en su inmunidad de vergüenza, sus mejillas jamás se encienden con la llama de contar historias. Sus sesos a la venta, moralidad en alquiler, ¡en cada tierra y centuria un mentiroso licenciado!
Sin duda, McAllister, usted puede explicar cuán honorable es mentir para ganar, dado que sólo el jurado fue hecho para comprender que mentir es su comercio. Cien mil volúmenes, anchos y planos (excluida la biblia) probando que, puestos adelante, aunque aún permanece la duda si Dios los ha leido con dolores apropiados. Ningún Mañana podrá obtener justicia, usted declarará, si ninguno de los que lo conocieron vil lo afirmaron justo. ¡Hombre ingenioso! ¡Qué fácil es levantar un argumento para justificar el curso que paga! Le garantizo, si quiere, que los hombres puedan necesitar los servicios realizados por el crimen por codicia, le garantizo que el perfecto bienestar del Estado requiere la ayuda de aquellos que en debate, como mercenarios perdieron en su temprana juventud la fina distinción entre mentira y verdad, que engañan en argumento y ponen una trampa para tomar los pies de la Justicia desprevenida, que sirvieron con el más vívido celo cuando bribones asisten con perjurio, abrácelos (la lista es larga para citar), que cuando un alma honesta, despreciando tramar, conspirar, intrigar, engatusar, les recuerda (¡qué grandioso su asombro!), que mejor sería sufrir el mal que perpetrarlo. Le garantizo, en breve, que en general es mejor que en las cortes de ley abunden conciencias ambidiestras para hacer el trabajo sucio que los carroñeros que se respetan a sí mismos eludirían. ¿Qué entonces? Aquel que sirve a un plan, no importa cuán limpio sea, haciendo trabajo sucio, ¡él es un hombre sucio!

 

traducción: Hugo Müller

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