A mis mentirosos

Escuchen, mis enemigos de todos los grados, desde oradores de solar y pulgas de solar a caballeros caídos y patanes en ascenso, que balbucean calumnias en sus contiendas de tragos y, llenos con vino no familiar, comienzan a hundirse en mentiras, antes de que nazcan en gin más afín.

Pero escuchan más, ustedes, personas de la prensa, que viven (aunque por qué, sólo ustedes pueden suponerlo) en esperanza diferida, aún ambiciosos por brillar odiándome a medio centavo la línea, como zánganos entre las abejas de alas más brillantes, sin sol para brillar e impotentes para aguijonear. Para estimar en fácil verso intentaré el valor controversial de una mentira. Así presten sus oídos, ¡Dios sabe que tienen demasiadas!, digo para enseñar, y si no puedo la omitiré. Una mentira es perversa, así lo declaran los sacerdotes, pero eso para nosotros no está aquí ni allí. Es peor que perversa, es vulgar también, no importa, con eso no podemos hacer nada aquí. Si fuera artista mentiría hasta la muerte, y formaría una falsedad con mi último aliento. A Parrasio nunca más le faltó piedad, el rato en que su modelo se marchitó sobre el colgadero, igual a la que tuve yo hacia mi colaborador en el dolor, quien, apuñalado con mentiras una y otra vez, en vano hubiese buscado mover mi obstinado corazón si fuese una injuria, y el ingenio no fuese un arte. El mal alimentado e iletrado puede mentir tan rápido como ustedes, y mucho más rápido que yo. Completaré entonces, ¿en una lucha maldita, donde Allen Forman es un fácil primero y donde el segundo premio es justamente arrojado a Charley Shortridge o Mike de Young?
En combate mental apenas un simple fin inspira al formidable a contender. No disparado por la ambición cruda del recluta, por la cual los golpes inmundos, aunque inofensivos, son admirados, no por el celo del cobarde quien, arrodillado detrás del tronco de su árbol protector, tan curvo su mosquete que la corteza se ajusta y al disparar, explota su arma en pedazos, pero con el noble objetivo de uno cuyo corazón valora a su enemigo porque ama su arte, el veterano polemista se mueve en el campo, no le enseñaron a calumniar como no le enseñaron a rendirse.

Querido enemigo mío, no tengo otro fin en vista que prevenir aquellas que más deseas hacer. ¿A qué, entonces, estás más ansioso por estar, para odiarme? No, te ayudaré, señor, en eso. Esta única pasión inspira a tu alma: desas despreciarme. Bueno, deberás admirarme.
No es suficiente para mis vecinos que se hayan educado en la creencia de que soy un loco o un villano, comerciarían gustosos aquella pequeña ventaja por aquello que en algún momento podría persuadirlos. Escriban, entonces, su mentira más y más grande: no la van a creer, cualquiera sea la forma en que lo intenten. No podrán decir falsedades ni hacer el mal, no me desviarán de la verdad para injuriarlos. Así toda su guerra es estéril de efecto, encuentro mi victoria en su respeto. ¿Qué beneficio tienen si el mundo se pusiera en mi contra? Porque el mundo pronto olvidará si me pensó de un modo u otro, pero yo retendré una imagen vívida de su mancha moral, y cuidaré hasta que mi memoria expire la dulce, suave conciencia de que eres un mentiroso, ¿es tu triunfo, entonces, probarte que harás la cosa que yo despreciaría hacer? Dios garantiza de que por siempre estaré exento de tal ventaja como el desprecio de mi enemigo.

 

traducción: Hugo Müller

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