A E.S. Salomon

¡Qué, Salomon! Tales palabras de tí, ¿quién te llamó soldado? Bueno, el hermano sureño donde cae dormido todo a través de tu oración de base.

Como él, no puede conocer tu alabanza o culpa: porque pequeño daño puede hacerle tu lengua como tu arma hace un cuarto de siglo.

El valiente respeta al valiente. El valiente respeta a los muertos, pero tú, tu blandiste aquella vieja espada, la cháchara del culo,  la sacudiste sobre una tumba de héroe.

Tú no eres aquel que hace hoy una mercancía de viejo renombre, ¿el que persuade a esta cómoda ciudad que él triunfó en batalla muy lejana?
No, aquellos, los caídos que injuriaron nunca antes que los vivos se pusieran de pie y valientemente hicieron su buena batalla y saludaron al peligro con una sonrisa.
¿Qué si los muertos a quienes aún usted odia estaban equivocados?, ¿está tan seguramente en lo justo? Conocemos el tema de la lucha, la espada no es otra cosa que defensora.
Los hombres viven y mueren, y otros hombres se levantan con conocimientos diversos: lo que parecía una bendición parece una maldición, y Ahora está todavía en desacuerdo con Entonces.
Los años continúan, el viejo regresa para burlarse de lo nuevo bajo el sol. No es nada nuevo, las ideas corren recurrentes en una pista infinita.
Lo que más censuramos, hombres tan sabios lo han practicado reverentemente, ni la sabiduría futura fallará en guerrear principios que apreciamos encarecidamente.
No sabemos, sólo podemos estimar, y es el más leal y mejor quien lleva la luz completa en su pecho y la sigue a través del sueño.
La luz rota, las sombras anchas, ¡contemplen el campo de batalla desplegado! ¡Dios salve a los vencidos de la espada, a la victoria del orgullo de victoria!
Si, Salomon, el rocío bendito que cae sobre Azul y Gris es impotente para lavar el pecado de diferenciarse de tí.
Recuerda cómo la marea de los años ha rodado a través del errante asesinado, recuerda también, la lluvia limpiadora de las viudas y de lágrimas de huérfanos.
Los muertos están muertos, deja que eso expire: y aunque con igual mano esparcimos las flores sobre los santos y pecadores también, aún Dios sabrá elegir por sí mismo.
El desgraciado, no importa su vida y destino, que no ama al muerto inofensivo con todo su corazón y toda su cabeza, Dios puede perdonarlo, yo no lo haré.

Cuando, Salomon, vienes a beber la copa más oscura con la cara más mansa, yo, amándote al fin, trazaré sobre tu tumba este epitafio: ‘Acércate, tú, valiente y generoso, arrodíllate alrededor de este monumento y llora: cubre a alquien que intentó conservar una flor de la tumba de un hombre muerto’.

 

traducción: Hugo Müller

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