A cualquiera

Más atrás de lo que sé, en San Francisco vivía un hombre rico. Era tan rico que nadie podría ser sabio, bueno o grandioso en similar grado.
Es cierto que él forjó, en hazaña o pensamiento, sólo pocas de todas las cosas que debió, pero los hombres decían: ‘¿Quién desearía que lo hiciera? ¡Las almas grandes nacen para ser, no hacer!’
De hecho, leemos que él hizo una cosa apropiada, todos concordamos: creció previsor, antes de que la vida fuera gastada construyó un poderoso monumento.
Por más tiempo del que sé, en San Francisco vivió un hombre pobre, y cuando lo encontraron muerto en su cama ‘¡tal como los revoltosos!’ dijo la gente. El murió, dicen ellos, el mismo día en que su rico vecino feneció. ¿Qué importa cuando los pobres abandonan su latidos? Yo respondo: ni una pizca.
Ellos tienen una espada, y pican y hacen un agujero, y allí pusieron al tipo. ‘El pidió pan’ fue claramente dicho: ‘No tendrá siquiera una piedra’
Los años rodaron alrededor: su humilde montículo se hundió al nivel de la tierra, y los hombres olvidaron que el lugar desnudo era como (y lo era) el destino del pobre.

Olvidado, también, estaba el otro, quien levantó el monumento para cortejar a la inconstante fama, aunque aún su nombre gritado en granito es justo lo mismo.

Aquel nombre, lo juro, ambos lo cargaron, el pobre y el millonario. Aquella elevada tumba, entonces, ¿a quién honraba? Para argumentar aquí hay un amplio espacio. Yo no debatiré pero sólo diré que la chusma que primero lo reclamó en la puerta. San Pedro, orgulloso de servirlos, saludó y lo mostró a la nube más suave.
traducción: Hugo Müller

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