Una de sexo injusto

Ella se paró ante el vendedor de boletos, serenamente se quitó su guante, mientras cientos de luchadores y gritones, y algunos que eran buenos en un empujón, estaban arracimados detrás de ella como murciélagos en una cueva y reacios a revelar su amor.

A la noche ella aún se paraba ante aquella ventana esforzándose por alcanzar su dinero, las multitudes a derecha e izquierda, cómo pecaban, ¡oh, cómo pecaban espantosamente en su discurso! A diez millas hacia cualquier lugar se extendían las líneas, enseñan los historiadores.
Ella se para allí, hasta hoy la legislación ha fallado para removerla. Los trenes ya no se detienen en aquella estación, y sobre los espantosos restos de la armada que esperaba y moría de vieja caen las nieves y las lluvias.
traducción: Hugo Müller

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *