Una canción de cháchara

Había un gobernador maniático, su nombre no era Waterman.

Para la oficina era más caliente que el amor de cualquier amante, la amenaza de Boruck de ayudarlo no fue efectiva para disuadir a este cabeza de cerdo, cabezón, singularmente engreído gobernador que no era Waterman.
A ferias de cítricos, etcétera, él iba flirteando por el orgullo del proxenetismo parroquial.

No conocía nada mejor que, ah, su temprana educación no le había enseñado la moda de la abnegación, ¡el lanudo, el grande, el fabulosamente frágil de mente rey de la charlatanería!
Un día él conjuró sus gracias a voluntad, con posturas energéticas (esto es profético), para exhibirlas.

El se sentaba a horcajadas en cada actitud, cuatro paralelos de latitud, ¡el gregario galopante, de pies de losa, de cangrejo, de presencia antiestética!
Una vaca anciana, percibiendo que sus poderes de agilidad trascendían su capacidad (una circunstancia de la que apenarse) lo ensartó sobre sus cuernos y lo hizo volar por el aire, ¡al alto rodante, rodando al cielo, lanzando aleluyas, muchacho de inigualable volatilidad!

 

traducción: Hugo Müller

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