Una balada de Pikeville

Abajo en el sur de Arizona, donde el monstruo Gila prospera, y el ‘mezcalero’, dotado de cien mil vidas, cada hora renuncia a una de ellas tomando llama líquida, la criminal borrachera que le dio nombre, donde es visto el traficante y empresario en cabello caucásico mantener su festival de cosecha sobre su verde aldea, mientras el tardío y lamentado principiante se extiende en la llanura con un círculo sanguinario sobre la cumbre de su cabeza, donde los cactus viven sus lances en el sol, e incautas comadrejas vienen a lamentarse mientras corren, vivía una colonia de pobladores, el estado era el viejo Missouri, donde antes residían en una fecha prehistórica.

Ahora, el lugar que ha sido elegido para este esquema colonizador era tan seco, créanme, como una corriente de Arizona.
El suelo era pura ceniza, liberada por las brisas, y se requería un acre y un cuarto para que brotara un guisante. Entonces la agricultura languidecía, porque la tierra no podía producir, y por falta de agua el whisky era la bebida en uso, whisky costoso, arrastrado en carros muchos agotadores días, principalmente necesitados por los conductores para sostenerse en su camino. ¡Perverso whisky! ¡Rey de los demonios! ¿Por qué, oh, por qué Dios creó tal maldición y la lanzó sobre nosotros en nuestro inofensivo estado?
Una vez un párroco vino entre ellos, y era un hombre santo, con su doliente estómago el whisky no concordaría de ningún modo, entonces se arrodilló sobre la mesa y oró con toda su barbilla que el Señor le envíe agua o inclinaría sus corazones al gin.

Apenas concluyó su oración un terremoto sacudió la tierra, ¡y con copiosa efusión estallaron manantiales en cada mano! Alegremente gorjearon las aguas, y la conmoción que les dio nacimiento fue ajustadamente declarada por algunos un movimiento de abstinencia de la tierra. Asombrada por el milagro, la gente se encontró aquella noche para celebrarlo apropiadamente junto a algún rito religioso; y verdaderamente se recuerda que antes que se hundiera la luna cada hombre y cada mujer fue devotamente emborrachado. La mitad de un galón estándar (dice la historia) por cabeza del mejor Kentucky fue derramado en aquella ceremonia. ¡Oh, la gloria de aquel país! Oh, el pueblo feliz, feliz. ¡Por el poder de la oración enviado desde el yugo roto de la Naturaleza! ¡Sí! Los llanos hasta el horizonte están todos amarilleando con centeno, y el maíz sobre la colina, ¡levanta sus insignias al cielo! Se han ido los carros, se han ido los conductores, y el camino se convierte en hierba, sobre la cual el incalculable bourbon pasó antaño. Pikeville (ese es el nombre que ellos le dieron, en su modo salvaje, romántico, a aquel distrito de irrigación) ahora destila, dicen las estadísticas, algo como cien galones en cada cosecha recurrente, a la cabeza la población, ¡y consume cada gota!

 

traducción: Hugo Müller

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