Un predicador estafador

Munhall, valientemente intentaste salvar mi alma, aunque no puedo decir por qué. No es nada para tí, sin embargo para mí es mucho, porque ¡Dios lo bendiga!, podrías salvar a un millón iguales y aún perder la tuya, porque todavía los “medios de gracia” que empleaste para quitarnos del lugar por el archienemigo de almas frecuentado ¡son aquellos que él inventó para atraparnos! ¡No digo que pronunciaste falsedadesI Se mofaría de dar a los ministros la mentira: ellos no pueden luchar, su llamado los ha detenido. Verdad, no los persuadí para adoptarlo. Pero, Munhall, cuando dices que el diablo vive en todos los pechos de los infieles haciendo un montón de infiernos individuales instintivamente en caballeros que se encogen de pensar cualquier cosa que tú podrías pensar, tú hablas como debería hacerlo yo si piso algún mundo donde descansar es aceptable para Dios. ¡No objeto en absoluto que esté prohibido en el Cielo! Que eleves templadamente tu discurso con airosa referencia a almas pervertidas maldiciendo impenitentes en brasas ardientes, ninguna pendencia con tu fantasía, alegre y fina, que representa los más perverso, como la mía. Mi espíritu se acomoda a cada ornamento de estilo: la materia entristece, pero la manera complace. Aunque cuando traficabas la ronda de condenación era dulce pensar que al fin tu no los engañaste. Trata, y deja que todos acepten lo que les asignaste. Pero, ¡maldita sea, estás tratando desde abajo!

traducción: Hugo Müller

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *