Un estudio en gris

Caminé desde la puerta con un estremecimiento (esta niebla es extraordinariamente fría) y me pregunto: ¿Qué le di a ella? La doncella un poco entrada en años, con la cabeza de pelo gris que era dorado.

Ah, bueno, supongo que era un dólar, y sin duda el cambio es correcto, aunque es raro que parezca mucho más pequeña que lo que tenía derecho a esperar. Pero pagas cuando cenas, reflexiono.
Así caminé calle arriba, era un paseante hace un montón de años atrás, cuando paseaba desde esta puerta, y nuestra conversación era todo chanza, aquellos días cuando su cabello era dorado, y la niebla del mar menos penetrante y fría.
Abotoné mi abrigo (porque estoy sacudido, y un poco afiebrado, y me sofoqué con el vino que tuve que tomar), era la hora, a este abrigo que había enrojecido, aunque verdaderamente, estaba inteligentemente enrojecido.

¿Un montón? Porque eso no parece tanto tiempo de haber perdido de una vida. Hay una razón suficiente para estar feliz: no he caído en la lucha, aunque he marchado con el tambor y el pífano.
Si la esperanza, cuando me atrajo y me hizo señas, me hubiese empujado la espalda en cambio, y la fama, cuyos favores tuve en cuenta, hubiese laureado a la cabeza más meritoria, hubiese podido enguirnaldar los años que están muertos.
Créanme, me sostuve por mí mismo, mayormente a través de toda esta salvaje mascarada, pero de algún modo la niebla es más fantasmal esta noche, y los cielos están más grises, como los rulos de la muchacha del restaurant.
Si alguna vez me hubiera desmayado y vacilado me gustaría que esto apareciera, pero el clima, estoy seguro, se ha alterado y se puso más frío y austero que en aquel año más temprano.
Las luces, también, están extrañamente frágiles, las que van de la calle al muelle. Pienso que saldrán afuera, y estoy preparado para seguirlos. Allá en el mar la campana de niebla me llama.
traducción: Hugo Müller

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