En un crematorio propuesto

Cuando un bello puente se construyó sobre el golfo entre dos ciudades, algún loco ambicioso, caliente por distinción, ruega por ser el primero en empujar sus torpes pies sobre el tramo, que luego de años los hombres podrán alcanzarlo, diciendo: ‘¡Míren al loco que pasó primero!’
Así estará cuando, como es la promesa ahora, el próximo verano vea el edificio completo que alguien ha de nombrar un crematorio, dentro de la ventaja de que la digestión más rápida de sus fauces mayores engaña al gusano y elude al topo entregado que ama, con túnel, saliente, deriva y espaciosa excavación, minar nuestras partes mortales en todos sus saltos, espuelas y ángulos.

Dejen que el loco se pare adelante para vincular su nombre con esta bella empresa, y sea el primero descascarado por la llama. Y si con codicias rivales por la fiera fama ellos empujan en clamorosas multitudes, o si con desacostumbrada modestia todos ellos se mantienen a raya, siendo poco para calificar, déjenme seleccionar el más ajustado para el rito. ¡Cielos! Haré una censura tan garantizable, sabia y excelente de sus verdaderos desiertos, y tal búsqueda de votos de sus demandas, que ninguno cebará la boleta. Esparciré mi opción sobre los principales y generales de aquellos que, movidos por un impulso santo, nacido en el púlpito, protestaron de que sería un sacrilegio quemar graciosas imágenes de Dios, diseñadas para pudrirse, y bramaron por el derecho de paso de cada carroña destemplada a través de las cañerías de agua. Con una exclamación tan fuerte y ruidosa ellos se descargaron desde sus propias gargantas contra las astilladas puertas de la audiencia, era más saludable tomarlos en la boca que en la oreja. Estos deberán arder primero: sus baúles de sustancias sazonadas e inflamables, piernas y brazos mezclados sin distinción en una masa, como serpientes tejidas de invierno en un pozo ninguno aventajó a su compañero en el punto de precedencia, y todo lo vivo ha de servir de combustible al fervor, la retorta para después de la incineración de los verdaderos hombres.

 

traducción: Hugo Müller

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