El Psoriad

Hace muchos, muchos años, el rey de Escocia convocó a sus cortesanos en una fila elegante y así se dirigió a ellos: ‘Gentiles caballeros, he recibido abundantes consejos de ustedes y en verdad: qué leyes hacer para servir al bien público, qué leyes la Naturaleza está haciendo derogar, qué vieja religión es la única verdadera, y cuál es el mayor mérito de alguien nuevo, a qué amigos de ustedes he olvidado mi favor, cuáles de sus enemigos conspiran contra mí. En abundantes cosechas para aumentar mis tesoros, ¡contemplen los frutos de sus sagaces medidas!
Los planetas puntuales, justo a sus períodos, atestiguan su sabiduría y aprueban mi confianza. ¡Sí!, la recompensa que traen sus brillantes virtudes: ¡los agradecidos hombres del lugar bendicen a su útil rey! Pero mientras ustedes beben el néctar de mi favor intento de algún modo modificar su favor sólo infundiéndole un plato peculiar de tónico amargo en la calabaza. Y ustedes deberían, también abstemios, desdeñarlo, ¡Dios, mantendré sus narices hasta que lo drenen!
‘Ustedes saben, ustedes, perros, su amo ha sentido durante mucho tiempo una aguda destemplanza en la piel real, una irritación irascible y superficial, traída a casa, supongo, de alguna nación extranjera. Porque para esto han prescrito miles de sencillos ungüentos externos, corrientes a ser embebidas. Ustedes han saqueado las plantas de Escocia, han violado sus mares y despojado las Hébridas para prepararme remedios que, en sus ensayos, eran soberanos sólo en su aplicación. En vano, y ansioso de dolor, apliqué sus unciones lisonjeras a mi alma y me oculté: el físico y la esperanza han sido mi comida diaria, ¡y he tragado hasta empalagarme la santa cruz!
‘Su sabiduría, que bastó para conducir el año y domesticar las estaciones en su loca carrera, cuando preparado para propósitos más elevados me falló y añadió angustia a mis males que me dolían. No sólo eso, sino cada ambiciosa sanguijuela trabajó la habilidad de sus rivales para acusarlos con equívocas sugerencias en lenguaje secreto. Durante años, para consquistar nuestras respectivas peleas, nos hemos enfrentado con aceites pacíficos.  En vano: su turbulencia es pura, mi llama no sofocada, sus disturbios inconstantes, mi vida tan desgraciada para que la salve su esfuerzo, la muerte era bienvenida al atreverme a embravecerla. Con celo inspirado por sus bromas destempladas, mis súbditos se reúnen en filas rivales. Aquellos flamean sus banderas a la brisa sobresaltada para defender algún ungüento real, aquellos despliegan el estandarte de alguna purga real ¡y bajo la insigna libran una pródiga refriega! Lenguas valientes están atronando, de un mar a otro, ¡torrentes de sudor ruedan apestando sobre el prado! Mi gente perece en su miedo marcial, ¡y las gaitas rivales parten la oreja real!
‘Ahora, cobardes, tiemblen, ¡porque en esta misma hora su soberano herido hará valer su poder! Miren esta loción, cuidadosamente compuesta de todos los venenos que han encontrado para mi de lavados mordaces, como bronceado de piel, y drásticos tragos para vejar las partes interiores. Lo que agrava una dolencia producirá, ¡digo para frotarlos con este espantoso jugo! Ustedes ya no tramarán consejos divididos, por fin se rascarán unánimemente. Arrodíllense, villanos, arrodíllense, ¡y quítense sus camisas, ¡Dios nos bendiga! Ellos parecerán, cuando los retomes, ¡vestidos de Nessus!’

El soberano cesó, y sellando lo que dijo desde el asiento de Arturo, rompieron truenos de confirmación. Los culpables concientes, resignados a su destino, se hundieron en sus rodillas, todos piadosamente inclinados.

Este acto, desde el alto Ben Lomond donde ella flota, la diosa próspera, Caledonia, anota. Elocuentemente como ágiles seis peniques, ella se inclina de cabeza y arrebata sus faldas, desgarra cada gabán, reveladas todas sus camisas, las quita y expone sus anchas espaldas. El rey avanzó, entonces maldiciendo huyó a toda carrera lanzando el frasco a la llanura pedregosa (donde derecho se transformó en una fuente desbordante, donde el padre Tweed deriva su almacén de líquidos), ¡porque sí!, ya en cada espalda, sin puntada, ¡la roja señal manual de la Bruja Rosa!

 

traducción: Hugo Müller

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