El perro de Oakland

Estaba una noche feliz en la cama y soñé que todos los perros estaban muertos. Todos habían sido llevados afuera y les dispararon, sus cuerpos esparcidos en cada lote vacante.
Sobre toda la tierra, desde Berkeley al viejo pueblo de San Leandro, y afuera en el espacio tan lejos como Niles, vi sus restos mortales en pilas.
Un montón elevó su cresta tan alto contra el azul del cielo que algún alma buena, con visiones piadosas, puso un campanario y vendió asientos.

Ninguna cola meneándose alivió la escena: nunca en mi vida había concebido (¡lo juro sobre el Decálogo!) tal penuria de un perro viviente.

El ladrido y el aullido paralizaban, el gruñido con el gruñidor muerto, toda la naturaleza parecía sostener su aliento: el silencio era tan profundo como la muerte.
Es cierto, había candidatos, todos en un rugido sobre cada plataforma, como antes, y los villanos, como antes, se sentían libres de tocar el calíope.

Es cierto, el salvacionista de noche, y el lechero en la luz temprana, el solitario flautista y el molino ejecutaban sus funciones con voluntad.

Es cierto, las campanas de la iglesia sonaron un domingo, la cortina del hombre enfermo cayó, el estrépito de trenes, disputándose las vías, desde la sombra lo llamó a que regresara.
Es cierto, gallos, a toda hora calamitosa, se juntaban con poderes insoportables, los gatos en la leñera sonaban y rugían, ciudadanos gordos y sirenas roncaban.
Pero esto era todo muy fino para oídos acostumbrados, a través de los años espantosos, y debates diarios de perros de Oakland.
Y así el mundo estaba silencioso. Ahora, ¿qué más sucedía, a quién y cómo? Especialmente, entonces, no había moscas, y días de valor trajeron noches de comodidad.
Hombres caminaban sin el espanto de ser despedazados, cada fragmento sosteniendo media vasija del jugo vivificado de la hidrofobia.
No tenían que propiciar ningún maldito faldero en cada puerta, pero ingresaron a los terrenos de los otros, intrépidos, y no fueron alimentados a los sabuesos.
Las mujeres podían manejar y ni un cachorro levantaría los tendones del caballo y les dejaría irse, para interponer un cierto efecto musical.
Hasta los ponis de los niños se fueron a merodear, todos graves y sobrios, anduvieron, sin un bulldog colgado a cada nariz, orgullosos de su fragancia, supongo.
Estando muerto el perro, la llama sin ley del hombre ardió: él garantizó el reclamo de la mujer, de los niños y de aquellos del país, todos tomaron alojamiento en su corazón.
Cuando los recuerdos de su anterior vergüenza enrojecieron sus mejillas con súbita llama él dijo ‘Conozco mi error muy bien, ellos me adularon y yo caí’.

¡Ah, era un mundo adorable!, ya no encontré aquella carga insoportable, el cinogogo profano, el hombre que estaba orgulloso de amar a un perro.

Así en mi sueño el reino dorado de la Razón llenó el mundo nuevamente, y toda la humanidad confesó su influencia, desde Walnut Creek a San Jose.

 

traducción: Hugo Müller

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