El nuevo Enoch

Enoch Arden era un marino capaz, escucho de su percance no en una fábula salvaje y mendaz, como fue contada por otro tipo, porque sostengo que es indiscreción juvenil contar mentiras, y el escritor que es verdadero tiene el lector que es sabio.

Enoch Arden, marino capaz, fue enviado a una isla, y antes de ser un hombre libre el tiempo lo tocó con gris. Por mucho tiempo él busco el bello horizonte, sentado en la cima de una montaña, ninguna de las naves donde depositaba sus ojos se comprometería a detenerse.

Viendo que su visión se estaba tornando cada vez más oscura, día a día, Enoch dijo que debía irse. Entonces se levantó y se fue, se fue y así continuó hasta que perdió su isla solitaria: el señor Arden era tan musculoso que podía remar varias millas.

No tenía brújula ni sextante que lo dirigieran sobre el mar: antes de que se supiera que estaba vivo él ya estaba en la casa de su viuda. Cuando vio las colinas y hondonadas y las calles que reconocía pronunció sus sentimientos del siguiente modo: ‘¡Que exploten mis luces embreadas! (¡tiemblen, también, mis maderas!) pero digo, ¡qué mala suerte descubrir que he perdido mi bendito camino! ¿Cuál hubiese sido, compañeros, mi destino floreciente si viera ahora a Philip, a quien lamía?, ¿o mi vieja mujer, que con frecuencia me zurraba?’
Un montón de escenas de la infancia nadaron alrededor de su pensamiento: su Annie lo encontró en un desmayo y lo envió a su catre.
Era la misma casa, el jardín, donde pasaron la luna de miel: era el lugar donde la señora Arden lo habría llorado hasta el final. ¡Ah, qué dolor ha conocido sin él!, ¡ahora qué lágrimas de alegría derrama ella! Enoch Arden miró a su alrededor: ¡Te llevaré a la fuerza! –fue todo lo que él dijo.
traducción: Hugo Müller

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