El hombre oleomargarina

Una vez, en el condado de Marin, donde se vendía leche para comprar gin, reconocida por la manteca y porque por catorce onazas por libra un toro se paraba a observar cada giro del señor Wilson con una mantequera, mientras acechaba a aquel digno benemérito, ojeando mientras caminaba, la piel lisa y pulcra del toro, su cuello, su flanco y todo a su lado, pensando con secreta alegría: ¡Esparciré a aquel mamífero en una rodaja de pan!’
Pronto el señor Wilson se preocupó por tomar la criatura en su mantequera, desbarató su precaución, se enceguecía al funesto vigor de los toros hasta que, relleno de valor hasta los dientes, sacó su gallardete de su vaina y valientemente lo blandió, mientras él exhibía una sonrisa oscura, portentosa, una sonrisa profunda, sepulcral, una sonrisa ancha y abierta que, a su lado, intentó vanamente copiar la mantequera, una sonrisa como la mañana de condena, que todo el campo había palidecido en la penumbra, y todos los árboles a una mlla, como tributo a aquella espantosa sonrisa, se apuraron, con discreta lealtad, a lanzar sus sombras a sus pies. Luego se elevó su grito de batalla: ‘¡Esparciré a aquel mamífero en una rebanada de pan!’
El día se había tornado en tal noche que Tauro se discernía oscuramente. Llevaba un aspecto tan grave y manso que parecía que, comprometido en oración este rayo encarnado no pensaba en nada que fuera malo: Este terremoto concentrado se paró y su mente se entregó al bien. Ligeramente y bajo él manejó su aliento, ¡esta revista de muerte súbita!
A todo esto la ahorrativa mirada de Wilson ingresó, y gritando ‘¡Ahora es mi chance!’ Arremetió contra el toro para ponerlo en su mantequera. Nuevamente sonó su grito de batalla: ‘Esparciré al mamífero en una rebanada de pan!’
Canta, Musa, aquella batalla real, canta las hazañas que hicieron sonar la región, los golpes, el bramido, los gritos, el polvo que oscurecía todos los cielos, los truenos de la disputa, todo, ninguna de estas cosas sucedió. Un alarido que fue una precipitación, nada más: El toro, tranquilo como antes, aún se mantuvo allí tomando sol, ninguna de sus piernas se movió, se mantuvo allí y conjuró su bolo alimenticio y mansamente lo masticó. Escenas de sangre tenían poco encanto para él. Meramente asintió con su cabeza mientras decía: ‘Esparciré a aquel mantequero sobre un pedazo de Southern Oregon’.

 

traducción: Hugo Müller

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