Una inferencia apresurada

Un día el diablo, viniendo desde el pozo, todo sombrío con transpiración, se presentó a san Pedro y le rogó que le admitiera un momento para una consulta.
El santo le mostró el interior donde el Señor, reclinado en el trono donde lo buscan los peticionantes; ambos saludaron y el malvado abrió su mente en relación al asunto que lo había traído: ‘Por diez millones de años me han mantenido en un estofado porque tú me pensaste inmoral, y aunque yo tenía mi opinión de ti, tú has tenido el mejor final de la pelea. Pero ahora, bueno, me aventuro a esperar que podremos sofocar el pasado con sus disputas, y tú, señor, y yo, señor, seamos entronizados aquí al fin como iguales, el uno con el otro’.

‘¡Por cierto!’ dijo el Señor (no puedo transmitir el sentido de su tono con meras letras), ‘¿qué te hace presumir que se te pedirá que te quedes aquí en estos términos a tus anchas y según tus deseos?’
‘Porque, seguro no quisiste decir eso!’ dijo Satán. ‘He visto cómo has nutrido a Stanford y Crocker, ¡y Huntington me bendice!, los tres han florecido como un gran laurel verde y resentido.

Ellos están gordos, ellos están rodando en oro, ellos comandan todas las fuentes y manantiales del poder, les has dado casas, les has dado tierras, ante ellas los justos se acobardan’.

‘¿Qué de eso, qué de eso?’ gritó el Padre del Pecado, ‘porque, pensé cuando te vi guiñando ante crímenes como los de ellos que quizás tú te habías convertido a mi modo de pensar’.

 

traducción: Hugo Müller

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