Un marinero a todas las vistas

Entonces, Ester, ¡aún estás viva! Pensé que habías muerto y eras un bendito fantasma, al menos sé que tu ataúd fue comprado con dinero del ferrocarril, y la mayoría de los historiadores dijeron que Stanford alardeó ante el vendedor que ‘la arrojara adentro’. Eso va porque ningún hombre se deleita en las finas invenciones de la fantasía, y las mujeres también, se ha dicho, si son francesas.
Te acuerdas, ah Ester, ¡fue hace mucho, mucho tiempo! Qué furiosa y caliente te pusiste, cuando nada impidió la fuerte, firme, salvaje barrida de la gran ola sobre la que te habías subido, ¿como una audaz nadadora? ¡Grandiosa Scott, qué elegante tu habilidad con las olas! ¡Qué alta tu canción de ‘Abajo los ferrocarriles!’ Cuando la ola decreció y te dejó varada estabas demasiado dividida.
Entonces por un tiempo estabas contenta de vadear las aguas del foso de los ‘barones ladrones’.

Atraer y transportar era tu humilde comercio, y cargar a Stanford en un bote, bien pago si él te concedía la amable moneda de plata y te hablaba lindo y te llamaba bella doncella.
Y cuando su estómago parecía un poco inestable tú tenías tu servicial jofaina preparada.
¡Extraño hombre! Qué extraño verte, presumida y acicalada, allí en Chicago, escondida en una silla, no hecha para medir y un trato demasiado flojo, y veo levantarse tu pequeño brazo ¡y jurar que ya no habrá democracia! Si es una cuestión civil y justa, y no demasiado abstrusa, ¿fuiste elegida como un ‘barón ladrón’, o como una comunista cuyos dientes tenían pelo?

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