Un gobernador misericordioso

Parado dentro del triple muro del Infierno, y achatando su nariz contra una reja detrás de cuyas barras de bronce había tenido que morar miles de millones de eras hasta aquella fecha, el hombre de piedra lamentó su melancólico destino, y sus grandes lágrimas cayeron, hirviendo mientras caían, desgastándose entre sus pies, menciona el registro, una profunda depresión en las ‘buenas intenciones’.

La memoria le enseñó imperfectamente que la oración en el Infierno es un arte perdido, él rezó, levantando su semblante incinerado y manos flameantes en ayuda de la súplica. El lloró ‘¡Oh, grandioso, mi tormento debería quedar en misericordia, permite algún hechizo de breve respiración! Si alguna acción buena hice antes de mi fantasma, ahórrame y dale a Delmas un doble tueste’.
Respirando una santa armonía en el Infierno, hacia abajo a través de los espeluznantes clamores del lugar, encántandolos a todos hacia una concordia voluntaria, cayó una voz inefable y llena de gracia: ‘Porque de toda la raza desafiante de la ley un solo malvado de la celda, tú no te liberarás de su encarcelamiento, tendrás diez mil años de condena’.
Liberados de sus ataduras comenzaron a disparar los rayos oxidados, con espantoso rugido, la puerta giró laboriosamente, y negro con hollín, el espíritu extinguido paso aquel horrible estrecho, y mientras hacía pie en el espacio, regocijado, murmuró: ‘Sí, recuerdo que firmé el perdón de aquel tonto, listo para ejecutarlo, pero se estancó en mi escritorio y casi lo he olvidado’.
traducción: Hugo Müller

 

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