Un dedo levantado

¡Qué! ¿tú azotas bribones? ¿Tú, cuya sangre de alcantarilla llevas, en su oscura, deshonrosa corriente, suficiente de prolíficas pajareras, germinas para servir a una entera eternidad de términos? ¿Tú, por cuya espalda se esforzaron las varas y garrotes antes de que el hacha las hubiera cortado de la arboleda? ¿Tú, el joven cuyo esplendor brillante y valiente es fosforescencia desde la tumba de otro hasta que ahora desconocido, por cualquier suerte o casualidad, aún hasta los corazones a los cuales has conmovido débilmente?
¿Tú, azotas a un bribón fuera de la oficina?, ¿tú, cuya arma sin plomo estalló una vez innoblemente su humareda en seis direcciones para afirmar tu falta de apetito por el polvo de otros?
La práctica hace perfecto: cuando estés sediento de fama entonces azota a un bribón. Azota a un lisiado primero. O, si para la acción eres menos libre que atrevido tus palmas rebosantes de oro deshonesto, confía en el castigo que habías planeado, como una vez antes, a la mano ociosa de la mujer. Así se juntarán dos placeres en tu espíritu para saciar tu sagrada sed de sangre y moneda. ¿Sangre? Las almas tienen sangre, así como la tiene el cuerpo, y derramada, fertilizará el campo de cólera. ¡Sí!, en un desfiladero púrpura de aquellas colinas, donde un pájaro posa su canto de día sobre una tumba, la sangre de una mujer, a través de rosas siempre rojas, convoca mudamente a la venganza sobre tu cabeza. Calumniada a la muerte para servir un sórdido fin, ella te llamó asesino y me llamó amigo.

Ahora, libelista, te marco, este curso si te atreves a mantener, o incluso a renovar, si una breve inmunidad de un año te ha hecho atisbar los peligros de tu comercio, la espantosa secuencia del bribón enloquecido, el cálido encuentro y la tumba más fría, si la sombría, lúgubre lección que ignoras mientras aún las manchas están frescas sobre tu piso, y calmadamente marchas sobre el abismo fatal, con ojos desviados a tu rastro de tinta, contando los crueles servicios de aquellos que empujan para mantener tu espalda, tu estúpida nariz, el día de muerte para tí no está demasiado lejos, o al menos, ¡para vivir la cosa que eres!
Preñado con posibilidades de crimen, y lleno de traidores para todos los tiempos por venir, tu sangre es demasiado preciosa para ser derramada livianamente en testimonio de una culpa venial.
Vive para conseguir ternero y preservar un nombre, ninguna alabanza puede endulzar y ninguna mentira desvergonzar. Vive para rellenar la visión que veo bajo las oscuras vistas del tiempo que será: un sueño de picos ruidosos y ojos ardientes de cuervos hambrientos oscureciendo todos los cielos, un sueño de dientes brillantes y aliento fétido de chacales disputándose ante el festín de muerte, un sueño de cuellos rotos y lenguas hinchadas, ¡las completas horcas del mundo cargadas con jóvenes!

 

traducción: Hugo Müller

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