Tras pomposa explosión en Líbano continúa firme una normalidad catastrófica

Los partidos que bancan al ex primer ministro Hariri, suníes y cristianos fascistas, comenzaron a promover el retorno al poder de este millonario corrupto, luego de que su sucesor Hassan Diab anunciara su renuncia, tras las protestas generadas por la explosión masiva en el puerto de Beirut el pasado 4 de agosto.

El desastre, cualquiera sea su causa precisa, fue resultado de la negligencia criminal y la espantosa indiferencia desplegada por los sucesivos gobiernos compuestos por la élite en el poder, que durante años ignoró las advertencias sobre los riesgos de almacenar nitrato de amonio cerca de áreas residenciales.

Mucho se ha dicho sobre los avisos y las alertas que recibió el Supremo Consejo de Defensa antes de la explosión, y sobre su ostentosa inacción para evitar la tragedia. De cualquier modo, lo que queda claro es que renunció todo su gabinete y precipitó la caída de un gobierno tan torpe como perdido en su compleja configuración. Todo ocurrió como un terremoto violento, dejando el área despejada y con aroma a químicos calcinantes.

La crisis económica agudísima que padecía el país antes de la explosión ya no tiene margen para agravarse. Los libaneses descendieron de sus vecindarios armados con escobas y fierros para capturar tesoros que quedaron al descubierto, monedas de siglos pretéritos que esperan cambiar por bitcoins o shawarmas, en un paisaje de pobreza posmoderna que le cabe de maravillas a la crisis pandémica global.

El jueves, el parlamento aprobó el estado de emergencia, habilitando a los militares a intervenir contra manifestantes, ingresar a los hogares, arrestar o sentenciar a muerte a quienes se les antoje, en una iniciativa por salvar a la élite política y económica que ha asolado al pequeño país de Medio Oriente rico en cedro y hachís, reiteradamente invadido y vejado por las fuerzas de seguridad israelíes.

Ahora, ante este cuadro de situación catastrófico, Hariri quiere retornar al poder, en alianza con milicias drusas y apoyado por voceros del entreguismo rancio. Sin embargo, es difícil que logre su objetivo, siendo uno de los principales responsables de la explosión y de la emergencia multidimensional que atraviesa la nación árabe. Bajo la figura de “gobierno de salvación nacional” se pretende reordenar un caos cuyo incierto rumbo dista de una pacificación de “mano dura” como la que se pretende imponer.

Por el momento, la opción preferida de Washington es un gobierno de “independientes” liderados por Nawaf Salam, un jurista diplomático perteneciente a la élite de cipayos plutócratas que dominan las achacosas riendas de la nación. Ahora quieren volver cuando a fines del año pasado fueron expulsados del poder por su obscena impericia. Quieren reinstalar una plutocracia servil de los poderes imperiales, y erradicar a Hezbollah, única agrupación digna que ha combatido y defendido al país de sus agresores internos y externos, con el inestimable apoyo de la república islámica de Irán.

Si bien se lo considera como un movimiento social y político conservador y burgués, opuesto a la “clase trabajadora”, su participación en la guerra siria fue crucial para sostener al bravo líder Bashar al-Assad, que ha mantenido a raya a los mercenarios y “grupos terroristas” pergeñados y financiados por la CIA, los monarcas del Golfo y la truculenta Turquía.

Más allá de sus acciones y su posicionamiento ideológico, Hezbollah es declarado enemigo de Israel y de la administración Trump, dispuestos a ejercer la máxima presión para destruirlo y continuar regando de sangre el mapa de Medio Oriente, en defensa de sus mezquinos y oprobiosos intereses petroleros, habiendo instalado en la mayoría de los paises “gobiernos títeres” que ahora hacen una paz hipócrita y espuria con Israel, cuando ya vienen siendo descaradamente aliados desde hace cuarenta años en el pavoroso mapa geopolítico de la región.

En efecto, la nueva campaña de Hariri es financiada por los poderes imperiales y la prensa internacional (los grandes conglomerados mediáticos que contribuyeron a meter preso a Julian Assange y a acallar a los héroes que denuncian su miserable sujeción a los planes de Estados Unidos y la OTAN). De hecho, esta semana el “político corrupto por antonomasia” declaró que Hesbolla es culpable de la explosión y el principal obstáculo para una reforma democrática en el país, y romper con el sectarismo que ha caracterizado al escenario político libanés.

Diab, un profesor de ingeniería, había sido elegido para liderar un gobierno “tecnocrático e independiente”, luego de la cída del gobierno a principios de 2020, cuando ya se podía vaticinar tranquilamente que el país ingresaría en una espiral de violencia y degradación incontrolable.

Bassel Sallouk, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad nacional, dijo que el nuevo gobierno disolvió el espíritu de las protestas del 17 de octubre (¡vaya coincidencia!) y abortar un movimiento juvenil que amenazaba con conquistar las estructuras del poder. El gabinete de Diab había obtenido el apoyo de Hezbollah, de un frente cristiano, de un movimiento shiíta y de distintas agrupaciones y cultos.

La crisis económica empeoró terriblemente con el nuevo coronavirus –como en todo el planeta- y Hariri aprovechó para acusar al nuevo gobierno de la debacle, cuando la entera responsabilidad de lo que está padeciendo hoy el país es suya y de sus amigotes plutócratas.

En pocas semanas Diab anunció un default y recurrió al FMI para pedir rescates y planes de “salvación”, lo que permitió una vez más la sumisión del país a las órdenes de banqueros y líderes del “mundo occidental”. Trump siguió con sus sanciones y sus bloqueos económicos, con sus sabotajes y sus envíos de mercenarios para horadar no sólo la independencia del Líbano sino la soberanía de Siria, de donde sus enviados se tuvieron que retirar ante la presencia activa y firme del ejército ruso.

El gobierno de Diab aplicó entonces ajustes inútiles que sólo generaron la ira de los cristianos y suníes que rodean a Hariri, ya que entre las medidas implementadas propuso quitarles sus bancos y empresas expoliadoras. El conflicto se agravó y sumió al país al borde de una guerra civil, hallándose ya en un estado catatónico con anterioridad a la explosión del puerto. Aún cuando la calamidad no hubiese ocurrido, el gobierno de Diab ya estaba al borde del colapso, y tenía su destino sellado.

De acuerdo con el ministro de Asuntos Sociales, Ramzi Musharrafieh, el 75% de la población necesita ayuda alimentaria, y actualmente hurga en bolsones de basura para encontrar algo que les calme el hambre. Las investigaciones iniciadas por el gobierno de Diab apuntan a hombres conchabados por Hariri, mientras que éste pugna por emprender una “investigación internacional”, bien al estilo “lawfare”, que ya tiene su sentencia preparada contra los líderes de Hezbollah.

Ellos fueron los que le dieron la bienvenida al presidente francés Emmanuel Macron cuando visitó Beirut apenas dos días después de la explosión. Hablando como el auténtico Señor y Rey del país, Macron ya armó la “investigación internacional”, y condicionó la ayuda gala a una profunda reforma política. La estrecha relación de Hariri con el servidor de los Rotschild (no otra cosa es Macron que un empleaducho de judíos billonarios) le valió su apoyo a sus planes de retornar al poder.

El ministro de Relaciones Exteriores alemán, Heiko Maas, aplaudió la iniciativa y puso un millón de euros en la cuenta de la Cruz Roja Libanesa, llamando a realizar reformas económicas y practicar un “buen gobierno”. Por su parte, el subsecretario de estado yanqui David Hale, pidió que se concluya con los “gobiernos disfuncionales y promesas vacías”. Aseguró que el FBI trabajará a la par de los investigadores franceses para determinar los culpables de la explosión, y así proseguir con sus proyectos de sometimiento y depredación de la nación libanesa. Además, anunció más sanciones a cabecillas de Hezbollah y sus aliados. El objetivo de Washington es reiniciar la guerra civil en el país como medio de minar y atacar a Irán.

Cualquiera sea la derivación de los acontecimientos, lo que pretenden los países occidentales, encabezados por Trump, es perpetuar la muerte y la desolación en el Líbano, y asegurar que la gobiernen ladrones de cuello blanco con costumbres europeas y capaces de hablar en más de un idioma. Para el pueblo hambreado, en contrapartida, no queda otra solución que rebelarse constantemente y derribar un sistema y modelo capitalista que ha gangrenado al aparato estatal.

Mientras la élite corrupta se cobija bajo las axilas de sus patrones internacionales demostrando una ostensible debilidad, para el ciudadano de a pie no queda otra solución que acabar con tanta estafa y putrefacción de parte de los gobernantes realizando una nueva revolución a través de las sempiternas manifestaciones callejeras. Tienen que darse cuenta que en sus manos está el escarmiento de los Hariris, Macrons y Trumps de este maldito mundo, y la construcción de un orden más justo, humano y fraternal.

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