Materia de gratitud

Conténtante, oh Señor, de tomar el agradecimiento de la gente que con tu espada vengadora ha salvado a nuestras filas, que Tú has apartado la copa de nuestros labios y haz forzado a los labios de nuestros vecinos a beberla. Padre de Misericordias, con un corazón contrito te agradecemos que hayas ido al Sur a castigar, y los lomos disponibles de San Francisco, para romper tu azote en la espalda sangrante de Hermosillo, que sobre nuestras casas tu ángel espantoso esparció sus alas en vano, y en cambio Guaymas llora.

Te alabamos, Dios, que la fiebre amarilla no se ha atrevido a alzar su horrenda bandera,

a contender la jurisdicción del consumo, ¡su daga profunda en cada segundo pecho! Catarro, asma, y resfrío congestivo atestiguan tu riqueza y realizan tu voluntad. Estos mensajeros nativos obedecen tu llamado. Suman solos pero todos suman. No, como en el clima apestado de México la fiebre amarilla comete críemenes recurrentes. Te agradecemos que eres el más matador todo el tiempo.

Tus tiernas misericordias, Padre, nunca termines: sobre todas las cabezas descienden tus bendiciones, aunque sus formas varían. Aquí las semillas sembradas rinden abudante grano que enblanquece todo el campo, allí el maíz golpeado se para estéril en el llano, el ahorro cosecha la paja y el hambre espiga en vano. Aquí el sacerdote gordo le señala al rey contento el contraste y la gente canta, sus madres comen sus retoños. Bueno, al menos tu has provisto retoños para el festín. Aquí rueda un terremoto sin daño a través de la tierra, y tu buen arte porque las chimeneas se mantuvieron paradas, sus ciudades templadas se hunden en el mar y empapados sobrevivientes, aullando mientras huyen, saltan a las colinas y mantienen una celebración en honor a tu sabia discriminación.
Oh Dios, perdónalos a todos, desde el hombre de piedra para abajo, tu sonrisa que interpreta y expone tu ceño fruncido, y caigan con santa gracia sobre sus rodillas para dar las gracias cuando Tú sólo estornudes.
traducción: Hugo Müller

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