La nota clave

Una mañana mientras descansaba en un jardín rebosante de flores soñé que estaba soñando.

Yacía en una mística bahía, en una isla, en el sueño donde soñaba que estaba soñando.

El fantasma de un aroma, ¿me siguió allí desde el lugar donde estaba verdaderamente descansando? Los pasillos del aire se llenaban como un himno, atestiguando la presencia de rosas.
Aún pensaba en el sueño donde soñaba que soñaba, que el lugar estaba todo estéril de rosas, que sólo parecían, y el lugar, estimé, era la isla de las narices perplejas.
Varios hombres de mar habían testificado cómo todos los que navegaron cerca fueron encantados, y aterrizaron para buscar (y en la búsqueda murieron) las rosas que las sirenas habían plantado.
Porque las sirenas estaban muertas, y las olas explotaban en el lugar de su canto para siempre, pero las rosas brotaron en las tumbas de los condenados, aunque el hombre jamás las descubrió.
Pensé que mi sueño era una historia ociosa, una ilusión que los marineros apreciaban, que la fragancia cargando el vendaval conciente era el fantasma de una rosa hace tiempo perecida.
Yo dije ‘Volaré de esta isla de lamentos’, y actuando en aquella decisión, por el aroma de rosa fui conducido por la nariz, porque era de verdad, ¡ah! verdaderamente, elísea.
En mi locura, corrí para buscar la fuente del fragante río dirigido por algo sobrenatural, una fuerza siniestra, a un bosque oscuro, acechado, infectado.
Y aún mientras penetraba allí (era todo en el sueño que soñaba que estaba soñando), a cada giro había muchos gritos y un brillo repentino de ojos, ¡todos ardiendo misteriosamente!
Las hojas estaban todas húmedas con un horrible rocío que reflejaba la luna roja creciente, y todas las figuras estaban bordeadas de un azul fantasmal, opaco, vacilante fosforescente.
Pero la fragancia divina, viniendo fuerte y libre, me persuadió, aunque mi sangre se estaba coagulando, hasta que ¡ah, alegría!, podía ver, en las ramas de un árbol, ¡a mis enemigos colgando y pudriéndose!

 

traducción: Hugo Müller

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