La MacKayada

La caliente cólera de Mackay hacia Bonynge, la espantosa primavera de innumerables golpes, diosa celestial, canta aquella cólera que lanzó a dos héroes a la oficina de Hellman, mutuamente manchados de sangre, cuyos pelos en los puños marcaron la terrible disputa, y los faldones rotos testificaron su destino. Canta, musa, cuando se disparó por primera vez su indignación, qué palabras la aumentaron, inspiradas por quién.

Primero, el gran Bonynge viene a la escena y pregunta por el favor de la reina británica. Se para suplicante y urge toda su pretensión: su riqueza, su nombre y su corpulenta persona, su habitación en el sol poniente, como niño de naturaleza, y ganó su traje. No más Soberano, cansado con su súplica, de las cadenas del sueño podía liberar sus facultades. Bajo y más bajo se arrastraron los párpados reales, ella da su asentimiento y cae dormida. Directamente todos los Bonynges invaden la Corte y telegrafían las novedades a cada puerto. Bajo los mares, ¡al rojo vivo, las noticias vuelan, los cables se arrugan y los peces se fríen! El mundo, despertándose como un murciélago perplejo, exclama: ‘¿Un Bonynge?, ¿qué diablos es eso?’ Mientras tanto, Mackay, para envidia de todos los concurrentes, incapaz de ceder, a quien no se le enseñó a malgastarse, camina en nuestra ciudad sobre agujas o alfileres, ¡y en un espíritu bajo, revanchista, sonríe!
Canta, musa, ¿qué fue lo próximo que rompió la paz ocurrida, qué acto incivil, qué palabra inamistosa? El dios de las necedades ascendiendo desde su piscina, donde desde la creación se hizo el tonto, se aferró al sentimentalismo, como otros dioses al cielo, y esperando apenas un espacio para secar de momento, tocó a Bonynge con la punta del dedo. ‘Oh hijo’, dijo, ‘igual de naturaleza y un arma, ¿no conociste el insufrible pecado de Mackay?, ¿no has oído que él se paró y sonrió? ¡Levántate! Afirma tu hombría y da fe del espíritu no comercial en tu pecho. ¡Venga tu honor, porque por Jove juro que ya no serás más mi preocupación peculiar!’ El habló, y antes su adorador pudo arrodillarse, surcó en su piscina de aguanieve, cabeza y talón. Lleno del dios y ennervado para las venganzas, y consciente de una voluntad que jamás se había desviado, Bonyinge se dispuso a navegar: el mundo más allá de la ola lo tomó tan contento como el otro le dio. New York lo recibió, pero un estremecimiento corrió por toda la costa oeste, que conocía al hombre, y la ciencia dijo que la acción seísmica se debía al impacto de un asteroide.
Oh diosa, canta lo próximo que ensayó Bonynge. ¿Desenvainó la espada vengadora, blandió la larga lanza y enderezó el escudo, arrasó la ciudad y devastó el campo? ¿alivió su sed sagrada de sangre partiendo al infortunado Mackay? Pequeño era el beneficio y la alegría para él cortar a una persona de baja condición, miembro por miembro. Deja que las almas vulgares se inclinen por la baja revancha, el de espíritus divinos es divino. ¡Al mediodía Bonynge se paraba en lugares públicos (para registro de los Mackays) y hacía caras! Ante aquellos formidables ceños fruncidos los perros huían, con la cola entre las patas, con aullidos pavorosos, y los caballos, aterrorrizados, con pies volando derribaban los puestos de manzana a lo largo de la calle, ¡envolviendo la metrópolis en una vasta ruina financiera! El mismo hombre, espantado, retrocedía al este y al oeste, al norte y al sur, ante la amenaza de aquella boca retorcida, hasta que Jove, en respuesta a nuestras oraciones, ¡envió a la Noche para velar el espantoso paisaje desde su visión!
Esas fueron las causas de la horrible lucha de las equivocaciones de madre que la nutrieron a la vida. ¡Oh, por una pluma del ala de un arcángel! Oh, por una voz que sea adecuada para cantar el esplendor y el terror del fraile, el pelo esparcido, los faldones todos rotos, los cuellos partidos y las gotas de sangre apestando y humeando en el piso del banquero, los miembros bloqueados, ¡que abrace los espantosos cuerpos circulares y atuendos desquiciados!
Vano, vano el juicio: ¡no se garantiza a nadie que canten dos millonarios rodados en uno! Mi mano y mi pluma rehúsan sus oficios, y ronca y más ronca se vuelve la cansada musa. Permanece sola, para contar el evento, abandonada, perdida y variadamente alquila el atuendo más bajo de Bonynge.

 

traducción: Hugo Müller

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