La economía del coronavirus genera hambrunas de proporciones bíblicas

La temporada de carestía se acerca para los niños de Burkina Faso. Y esta vez, la larga espera por la cosecha está trayendo un hambre más feroz que las ya conocidas. Esta hambre ya está acechando a Haboue Solange Boue, una niña que ha perdido peso terriblemente en el último mes. Con los mercados cerrados por las restricciones del coronavirus, su familia vendió menos vegetales. Su madre también está malnutrida para amamantarla. “Mi niña” susurra Danssanin Lanizou, ahogando lágrimas mientras desenvuelve una sábana para revelar las protuberantes costillas de su niña. La beba gime sin sonidos.

En todo el mundo, el coronavirus y sus restricciones están empujando al abismo a comunidades famélicas, aislando a varios pueblos de toda asistencia médica o alimentaria. El hambre ligada al virus produce la muerte de más de 10.000 niños y niñas por mes, según un estudio auspiciado por la ONU y publicado en la prestigiosa revista Lancet.

Y más de 550.000 niños y niñas cada mes muestran signos de malnutrición que se manifiestan en miembros largos y delgados y vientres hinchados. Se calcula que este año padecerán este mal 2 millones de niños/as más que el año pasado. El debilitamiento y el retraso en el crecimiento pueden dañar permanentemente a los niños, tanto física como mentalmente, transformando tragedias individuales en una catástrofe generacional.

“Los efectos de la inseguridad alimentaria de la crisis del Covid se reflejarán de aquí a 20 años” calculó el doctor Francesco Branca, Jefe de Nutrición de la OMS.

En Burkina Faso, por ejemplo, uno de cada cinco niños/as está crónicamente malnutrido. Los precios de los alimentos se dispararon, y más de la mitad del país no gana lo suficiente para comer.

Yakouaran Boue, esposo de la señora Lanizou, solía vender cebollas para comprar semillas y fertilizante, pero los mercados cerraron. Aún hoy, una bolsa de 50 kilos de cebollas se vende a un dólar menos, lo que implica menos semillas para plantar el próximo año. “Estoy preocupado porque este año no tendremos suficiente comida para alimentarla. Tengo miedo de que se muera” dijo él, contemplando a su hijo sobre el hombro de su esposa.

En Latinoamérica, el sur de Asia y el Africa subsahariano, nunca hubo tantas famlias contemplando un futuro sin suficiente comida. En el primer año de la pandemia morirán de hambre más de 128.000 niños y niñas. El Programa Alimentario de la ONU liderado por David Beasley advirtió que la economía del coronavirus está causando hambrunas de proporciones bíblicas.

Hay diferentes etapas de lo que se conoce como inseguridad alimentaria: la hambruna se declara cuando, junto con otras medidas, el 30% de la población sufre malnutrición.

En estos momentos, muchos de los pacientes atendidos por coronavirus son hijos de migrantes que hacen extensas travesías. Cuando llegan al borde de la inanición al hospital, sus padres comentan que sólo pudieron darle un brebaje hecho a base de bananas hervidas.

“¿Ni siquiera una galleta, algo de pollo?” preguntan los médicos. “Nada” –responden los padres o abuelos.

En algunos casos, los pacientes sufren el “síndrome de realimentación”, cuando la comida les produce anormalidades metabólicas, lo que suele desembocar en la muerte prematura.

El aumento de la mortalidad infantil revertirá el desarrollo global por primera vez en décadas. Desde 1980 se viene produciendo una declinación en las cifras de mortalidad infantil, correspondiendo el 50% de estas muertes a la desnutrición. Los líderes de las principales agencias internacionales alertaron a los millonarios del mundo sobre la imperiosa necesidad de combatir el hambre. Víctor Aguayo, jefe del Programa de Nutrición de UNICEF, aseveró que más que dinero, se necesita levantar las restricciones de movimiento para que las familias accedan a comida saludable.

“Con las escuelas cerradas, los servicios de atención primaria interrumpidos, tener programas nutricionales es disfuncional y dañino” aseguró Aguayo. En efecto, hay casi una suspensión global de suplementos de vitamina A, que son un modo crucial para fortalecer los sistemas inmunológicos.

En Afghanistan, la cuarentena impide que muchas familias lleven a sus hijos malnutridos a los hospitales, justo cuando más lo necesitan. El hospital Indira Gandhi de Kabul sólo tiene cuatro pacientes desnutridos, según reportó el especialista Nematullah Amiri.

“El transporte entre Kabul y las provincias es irregular y la gente tiene miedo del coronavirus” explicó Amiri. El año pasado, había más de 40 niños copando la guardia del hospital. Algo similar ocurre en todos los países, tal como revelan informes de Médicos Sin Fronteras.

Afganistán está ahora en una zona roja de hambre, con alta inflación y 4 de cada 10 niños en riesgo alimentario. Esto sucede cuando las familias viven a base de una dieta barata de granos o papas, con las cadenas de suministro rotas y dinero escaso. Los niños malnutridos se joden mal, hunden la productividad de los países pobres, opinan prestigiosos think tanks.

En Yemen la cuarentena también bloqueó las ayudas, cayendo los salarios estrepitosamente. El país más pobre del mundo árabe está sufriendo un bloqueo comercial y militar que impide el arribo de ayuda humanitaria. Acostumbrado a las hambrunas, datos satelitales y el mapa meteorológico señalan los lugares con mayores necesidades de alimentos. UNICEF ya calculó que la desnutrición en este país alcanzará ribetes calamitosos.

Los cuerpos de los niños malnutridos, cuando mueren, se ponen en seguida fríos y ásperos.

Por el momento, la gente vive con una comida al día. La posibilidad del sustento se ve cercenada por las restricciones cuarentenescas. A las madres se les secan las tetas y ahorran lo máximo que pueden de leche en polvo. Una madre famélica nos reveló: “Es la voluntad de Dios. No podemos decir nada”.

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