Invocación

¡Diosa de la Libertad! Oh tú, cuyos ojos sin lágrimas contemplan la cadena, y miran sin moverse sobre el asesinado, paz eterna sobre tu semblante;

sobre tu santuario presionan las razas para implorar por tu perfecto favor, el tirano más orgulloso ya no pide más, el anarquista de hierro no pide menos.
Tus brasas de altar que tocan los labios de profetas encendidos, también la marca arrojada por la discordia en mano desenfrenada entre las casas y las naves.
Sobre tu tranquila frente la estrella arde sombría, desapasionada y blanca, su fría inclimencia de luz más espantosa que las sombras.

No invocamos aquí tu nombre para santificar nuestros ritos cívicos: entronada en tu cielo más remoto, no escuches nuestro yugo roto.
Tú has apreciado pero no a tipos como nosotros: nuestros millones mueren por servir el tranquilo y secreto propósito de tu voluntad. Ellos perecieron, ¿qué es aquello para tí?
La luz que llena la tumba del patriota no es tuya. La corona brillante ofrecida compasivamente a aquellos que vacilan en la penumbra, y caen, e invocan tu nombre, y mueren deseando, es la señal de un amor más divino que el tuyo, recompensado con una fama más rica.
Por él solo deja que los hombres griten, que escuchen como el aullido del vencedor, la canción de fe, el lamento de duda, y lo inclinen desde su cielo más cercano.
¡Dios de mi país y mi raza! Más grandioso que los dioses viejos, tan justo como contaron los profetas, que oscuramente vieron y temieron tu rostro, que sólo a medias mostraron tu voluntad, y graciosos fines a sus deseos, detrás del fuego cercano del amanecer tu manso día, irradia velando la quietud, a quien pertenecen los incesantes soles, y la causa es una con la consecuencia, a cuyo sentido divino, inclusivo, el lamento es mezclado con la canción, cuyas leyes, imperfectas e injustas, sirve tu justo y perfecto propósito: la aguja, aún cuando se desvíe, todavía garantiza la confianza del navegante, Dios, levanta tu mano y háznos libres para coronar el trabajo que Tú has diseñado.

Oh, ¡golpea las cadenas que atan nuestras almas a una idolatría! Agradecemos la libertad que tu amor nos ha dado. Te agradecemos por nuestros grandiosos padres muertos en la santa guerra donde nuestras esposas fueron hendidas. Te agradecemos por el golpe más fuerte que enviamos e incurrimos cuando, tu incitación a medias escuchada, rompimos las cadenas que remachamos. Te agradecemos que más allá del mar, tu gente, creciendo siempre sabia, giraron al oeste sus ojos serios y tontamente lucharon para ser quienes somos. Como cuando la llama de regreso del sol brilló sobre la estatua en la orilla del Nilo, y conmovió desde la piedra encantada la música de una fama poderosa, deja que el hombre salude el día ascendente de Libertad, pero que no adore. Es la oportunidad, ya no más, un rayo útil, no sagrado. Trajo el bien, trajo la enfermedad, como si poseyendo debiera elegir quien no caminó dentro de su voluntad. Te demos más o menos, en tanto sirvamos al bien o al mal. Confirma nuestra liberación pero en la medida en que merezcamos ser libres. Pero cuando (¡oh, distante es el tiempo!) las mayorías apasionadas con espadas insurgentes asesinen la Ley, y toda la tierra esté roja con crimen, o, ¡amenaza más cercana!, cuando la banda de débiles espíritus se encoja e implore a la gigante fuerza de la Codicia, y adule sobre su mano de hierro; no, cuando los pasos del estado estén desgastados en huecos por los pies de ladrones, y Mammón se siente entre las gavillas y ría mientras los cosechadores lloran: ¡entonces quédate tu milagro!, reemplaza el trono roto, repara la cadena, retaura el reino interrumpido y vela nuevamente el rostro de tu paciente. ¡Sí!, nos paramos sobre el extremo del mundo con los brazos levantados y animados por tu eterno nombre juramos por nuestro país, que tan bello estimamos, sobre cuyas colinas, una multitud embanderada, los espíritus del sol despliegan sus titilantes lances día a día y escuchan la pacífica canción del mar, así debería ser gobernado en derecho y gracia, que los hombres dirán: ‘¡Oh, conduce lejos del escudo al águila sin ley, y llama a un ángel al lugar!’

 

traducción: Hugo Müller

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